El arte de la condensación y la penumbra
Los cuentos de Jorge A. Hernández R. transitan entre la memoria, la ciudad, la violencia social y sus ecos persistentes en la vida cotidiana. A través de personajes enfrentados a dilemas morales, pérdidas irreparables y secretos difíciles de nombrar, sus historias exploran la fragilidad humana sin renunciar a la complejidad ni a los matices. Más que ofrecer respuestas, invitan al lector a recorrer las zonas grises donde convergen la historia, la conciencia y la supervivencia.
"Maldita ciudad"
Presentación
Una colección de relatos cortos, potente y desgarradora, que explora sin filtros la crudeza de la vida y la miseria humanas.
Sinopsis
Mediante un lenguaje visceral y poético, “Maldita Ciudad” combina la ironía y tragedia de personajes atrapados en un enfrentamiento cotidiano de dilemas morales y situaciones límite, que reflejan la decadencia social y moral de una ciudad que bien puede ser un lugar particular o el mundo entero. Sus páginas confrontan al lector con realidades incómodas donde el comportamiento de víctimas y victimarios desafía juicios simplistas.
Historia de Creación
Selección de relatos de microficción y cuento corto premiados en certámenes nacionales de narrativa convocados por entidades culturales públicas y privadas entre 1994 y 2004
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"La noche de los tiempos"
Presentación
Una travesía migratoria marcada por la violencia, la desesperanza y la búsqueda de un sueño mejor desemboca en una revelación devastadora sobre la memoria, la identidad y la condición humana.
Sinopsis
Con una narrativa que combina la crudeza del testimonio, la atmósfera de la novela negra y la exploración psicológica de sus personajes, La noche de los tiempos retrata un universo donde la violencia se reproduce como una herencia maldita y la memoria se convierte en el último vínculo con la humanidad perdida. Una tragedia contemporánea donde el verdadero horror no proviene únicamente de la brutalidad del entorno, sino del descubrimiento de aquello en lo que podemos llegar a convertirnos.
Historia de Creación
Crónica negra sobre la migración y sus desvastadoras implicaciones
Leer Muestra
PRÓLOGO Los saqueadores asaltaron el campamento de inmigrantes, entrada la madrugada. Eran seis. Vestían pantalones ajustados, cachucha de lona y camisas oscuras. Las armas que portaban no eran reconocibles en la oscuridad, más a la luz de las linternas se adivinaba que llevaban fusiles, machetes, ametralladoras y pistolas. Sus ojos tampoco se veían, pero a la luz del odio que brillaba en el fondo de las cuencas de sus ojos se sabía que eran doce abismos más en la oscuridad de la noche. Doce laberintos más hacia la nada, a la tenebrosa sima de la muerte. Su presencia era evidente desde cerca de las once. Llovía. Bajo el cielo encapotado, las ácidas gotas caían como piedras sobre los rostros requemados por el sol y lacerados por múltiples picadas de mosquitos y zancudos. Se anunciaron con el aullido de los perros, el relincho de los caballos y el cloqueo de las gallinas. Una vez quedó atrás el caserío, la algarabía cesó. Parecía que el silencio hubiera tendido su manto voraz sobre el valle, y que el demonio del ruido, presente en la vida de los inmigrantes desde que abandonaron la miseria y el calor del hogar, huyera de súbito. La quietud permaneció durante largo rato. Después se marchó para no volver más. Pese a ello, el cansancio de las víctimas pudo más que la desconfianza y, en cuanto se detuvieron, el sueño los venció. Así los encontraron. A Miguel, Bartolomé y Nicanor, reposando sobre el tronco donde acomodaron la cabeza. Al guía, semidesnudo y erecto entre las piernas de la última inmigrante que se les unió en el camino. A Marcos, dormitando sobre la bolsa donde llevaba un poco de comida, sal, yodo clorinas, commel, y una muda de ropa interior. A Francisca, abrazada a su hijo de apenas siete años. A Marcela, la más jovencita del grupo, recostada sobre sus dos brazos. Y a Javier y Carlitos, envueltos con el saco de yute que les regaló un viejo a quien ayudaron esa mañana mientras cruzaban un establo. UNO Estamos en la capital de Guatemala. Son las seis. Afuera llueve. Hace frío. En el hotel de mala muerte donde nos hospedamos se ha ido la luz. El apagón fue causado, probablemente, por los rayos que surcan el cielo o el consumo desmedido que representamos en nuestra estancia de esta noche. Tal vez, si lo pienso mejor quizá concluya que estoy equivocado. Es posible que en este callejón perdido en las entrañas putrefactas de esta ciudad el voltaje que llega a las casas no sea mayor a ciento diez. Antaño, cuando en la radio o la televisión escuchaba algo referente a los países vecinos pensaba que eran diferentes a mi patria, pero no. La misma miseria, igual pobreza, similar desolación. Parece como si los centroamericanos hiciéramos competencia sobre la degradación social en que vivimos. El piso medio de este hotel es una prueba contundente. Por sus pasillos pululan niñas que ofrecen su cuerpo por un aventón hacia el norte, un billete verde o una simple tortilla. Así han llegado hasta aquí. Así se marcharán de aquí. Una noche, dos días o una semana, representan un acercamiento hacia la realización de ese sueño que a todos nos roe. Esa esperanza que vivirá en el corazón de todos los necesitados mientras la tierra que nos vio nacer no nos ofrezca más que su vientre para devorar nuestros huesos. Partiremos esta noche. Después del agua, nos han dicho. Somos casi doscientos. Viajamos en grupos de cuarenta. Tenemos un guía por cada diez, quien conoce el camino, pero no los riesgos que implica cada esquina, atajo o rostro desconocido. Es un niño, contará con apenas veinte años. Topo, le llaman. Una de las mujeres que comparte su cama desde el mismo día en que salimos, afirma que lo debe a que la migra jamás le ha capturado a un grupo de inmigrantes. Él no dice eso. Aunque no ha profundizado, paga una vieja deuda de honor. Los ojos se le llenan de lágrimas cuando habla de ello. No sé por qué, pero tengo la impresión de que se parece a Gonzalo, mi hermano menor. Era del mismo porte y mirada, complexión y carácter. Tenía la misma sonrisa y afabilidad. Siempre estaba dispuesto a ayudar al prójimo, a quitarse el bocado por él. Lástima grande que no está más. Partió un día hacia el Pueblo de Nuestra Señora de la Reina de los Ángeles Porúncula y nunca regresó. Un año después de su partida lo dimos por muerto, le rezamos los nueve días y cada cabo de año. Lo echamos en falta. El vacío que dejó en nuestras vidas es muy grande. Su desaparición es dura. Mi madre se lleva la peor parte. Lo espera día tras día, recostada sobre la hamaca. Vencida por la artritis que le tritura las articulaciones, pregunta, muy triste, cada momento por él. DOS Era un depredador. Vivía de ilegales. Desde tiempos inmemoriales su modus vivendi lo constituían las columnas de despatriados que atravesaban la sierra en busca de un sueño que muchas veces tenía un despertar amargo. No importaba que los integrantes fueran hombres, mujeres y niños. Junto a sus compañeros de fechoría los esperaba en la frontera, disfrazado de tramitador, en los recodos de las veredas que sabía utilizaban, en las copas de los árboles que yacían sobre los atajos, en la profundidad de las simas que los polleros les hacían atravesar con el fin de evadir a migración, en los oteros de los valles, en los rincones oscuros de trenes de carga, confundidos entre los guías que abordaban contenedores o en las esquinas de las ciudades donde era fácil distinguirlos por su mirada huidiza, el sudor de la ropa, los zapatos tenis, su paso cansado, la compañía de otros individuos con apariencia similar, y, la menor de las veces, producto de una corazonada. Pese el momento, el resultado era el mismo. Caminaban tras ellos, noches, días y semanas enteras, con el único objeto de robarlos y violar a sus mujeres. Pocas veces fallaban. Años y meses ejecutando la misma actividad garantizaban del éxito de cualquier operación, por difícil y temeraria que fuera. Antes de que las noticias sobre sus pillajes hicieran famoso al país, se limitaban a quitarles lo poco que llevaban. Más tarde, al alcanzar notoriedad, implementaron la violación. Y cuando exigido por la presión internacional el gobierno de la república constituyó el Grupo Beta, incluyeron el asesinato. Aunque terminal y atemorizante, esa medida de poco había servido. Era difícil controlar a columnas de quince o veinte hombres, a veces hasta cuarenta, armados o no, que acompañaban a mujeres y niños. Día tras día, el riesgo crecía. Pese al factor sorpresa, algunos inmigrantes sacaban puñales, hojas de afeitar, navajas, corta uñas, palos o piedras y ponían resistencia. Al final, la contundencia de los machetes, pistolas, escopetas, ametralladoras, y otras armas compradas a narcotraficantes, se imponía. Pero el resultado tenía un precio. Muchos habían caído, muertos o malheridos. Otros se retiraron a vivir de los despojos. Y los más desgraciados guardaban prisión en cárceles federales, en cada uno de los Estados. Una vez acabara la actual persecución, se retiraría por otro motivo. No lo había comentado con nadie, pero en uno de los asaltos conoció a una mujer; una niña, para ser exactos; que le cambió la vida. Todavía recordaba la impresión que tuvo cuando la vio temblando bajo su cuerpo, mordiéndose los labios para no llorar, en tanto le sujetaba los brazos y arrancaba la ropa. Forcejearon así varios minutos hasta que su fuerza se impuso y no presentó más resistencia. Entonces, el planeta que regía su existencia modificó su órbita y olvidó quién era. En ese momento, mientras el cuerpo de la niña se ponía flácido, pese al ayuno sexual de varios meses su virilidad no fue más y no sólo respetó su inocencia, sino que también le perdonó la vida. Días más tarde, cuando el Síndrome de Estocolmo había alcanzado su mayor expresión, en la oscuridad del cuarto de mesón al que la llevó, ella le confesó, bañada por las lágrimas y el miedo, que tenía dieciséis años cumplidos, que aún hacía milagros, que era la única mujer en una estirpe de cinco hermanos, y que procedía de un caserío, ubicado en el oriente de El Salvador. -Me vine después de que mataron a mi familia- le dijo. -Fue la policía. Recién se habían firmado los acuerdos de paz. Recordaba también lo que sucedió después. Su entrega y sumisión, el afecto que creció entre los dos mientras se contaban las vidas, cuidaban de ambos y exploraban sus cuerpos. Su dedicación y consuelo en las noches en que tenía aquellas horribles pesadillas que le ahuyentaban el sueño. El alud que estremeció sus entrañas cuando nació su primer hijo. Lo que no le contó, ni le diría nunca, es que el hombre que se hacía llamar Glauco no tenía pasado. No lo recordaba. Su infancia, adolescencia y juventud, estaban perdidas tras el telón que se cerró en el hospital público donde despertó un día, sin más compañía que el médico que llegaba todas las mañanas y la enfermera que lo cuidaba. Sin más familia que la maletilla de ropa con manchas de sangre que lo esperaba en el casillero de la entrada. TRES Si no olvidé hacer una marca, abandonamos nuestro hogar hace sesenta y seis días, y seis horas con treinta minutos. El mundo ha cambiado desde entonces. Las torres gemelas, símbolo indiscutible del capitalismo, yacen convertidas en cementerio de millares de personas que trabajaban en su interior. Fue un ataque terrorista. El equilibrio mundial está en un hilo. En todo el orbe se han tomado medidas represivas. La frontera de los Estados Unidos, otrora mal custodiada, es un hormiguero de vigías. Cuando escuchamos lo que dicen en la radio, la incertidumbre sobre el éxito de nuestra travesía nos abruma y corroe el alma. Sin embargo, no hay retorno. Seguimos adelante. No paramos de caminar. El cansancio y el hambre nos oprimen, son nuestra fiel compañía. Las mujeres y niños que nos acompañan no cesan de pedir que hagamos alto y busquemos algo para comer. Pero los guías no quieren. -Este lugar es muy peligroso y podríamos caer víctima de los cientos de saqueadores que asaltan en la ruta- dicen. Probablemente, tienen razón. En la montaña que cruzamos no se escucha más que el ruido de nuestros pasos sobre la hojarasca, el aullido lejano de coyotes y el sonido metálico que hacen los corvos mientras abrimos una vereda en el montarrascal. No hay nadie por los alrededores. De vez en cuando encontramos a guardas, viajeros o simplemente a uno que otro hombre que huye de la justicia. Los primeros nos desean suerte y muestran el camino; los últimos nos evaden por temor a que los delatemos. De casi doscientos que partimos, sólo quedan cuarenta. Un grupo va adelante, otro, por la montaña del frente, y tres más, rezagados. Esperaremos por ellos al llegar a la línea férrea, dijeron, debemos caminar. Mientras descansamos cada noche, me pregunto por qué nos trajeron por aquí. Esta es una ruta desconocida. De la capital de Guatemala nos condujeron por carreteras secundarias, caminos rurales y montañas, y nos dejaron en la frontera con México, en el Estado de Campeche. De allí avanzamos en línea recta, sobre la línea divisoria, cruzando simas y cimas, hasta llegar a un lugar llamado San Pedro Tabasco. Luego abordamos un tren de carga que nos dejó kilómetros más adelante, y pasamos por Tenocique, Palenque, Teapa, Pichucalco, y otros pueblos, valles y montañas, cuyo nombre, no recuerdo. Dos semanas más tarde, llegamos a Puebla. Una vez en ese lugar, escondidos en un mesón abandonado, paramos una semana a esperar a los otros grupos. Nos alcanzaron un anochecer. Contaron que los asaltaron, pero no perdieron nada. Huyeron en cuanto escucharon el motor de una avioneta, dijeron. Pese a que la mayoría lo asegura, Carlitos, uno de los niños que venían en ese grupo, afirma que no es cierto. -Sólo oímos los rugidos de un león- dijo. -Una tarde se terminó el arroz, los frijoles y el azúcar, y el guía fue al pueblo a comprar. Volvió tres días más tarde, sin más compra que cinco libras de cada cosa. Contó que lo robaron, pero no fue así. Se gastó con una puta del pueblo los cincuenta dólares que llevaba. Ese día no comimos; tampoco, al siguiente. Fue hasta que llegamos a una colmenera cuando nos metimos por la noche, robamos miel y saciamos el hambre. Allí también matamos a un oso hormiguero. Nos lo comimos asado. Desde ese día el niño no se ha separado de mí. Noche tras noche se queda a mi lado y habla de su familia. -Todos murieron- dice –unos, por la guerra, y otros, por el Mitch-. Su caso me entristece. En los adultos, la emigración se entiende; en los niños, da rabia. Es increíble cómo un país con gente trabajadora no es capaz de ofrecer un poco de esperanza a ninguna generación, aún a quienes estudiamos en la Universidad. Es inconcebible como todos los impuestos generados con el hambre del pueblo son despilfarrados por un puñado de burócratas, mientras la población emigra exponiendo su vida para poder sobrevivir. –Echo en falta a mi madre- dice -también a mi padre y mis hermanos. Pero ya no están. Solo un tío me queda; para su casa voy. Lo que el niño no sabe es que nunca llegaremos. No le he contado que la semana pasada, en el tráiler que nos condujo desde Poza Rica hasta Tuxpan, estuvimos cerca de morir. Viajamos en dos grupos, uno sobre el otro, escoltados por carros-patrulla de la policía federal. A las mujeres las ubicaron sobre la tarima, y a los hombres, debajo. Durante la marcha una de las vigas se quebró y fue necesario sostenerla. Cuando ya no soportábamos el peso comenzamos a rezar. Entonces le pedí a Dios que mi familia se enterara y les devolvieran mi cadáver. Le supliqué porque el padrino de mi hija se hiciera cargo de ella para que no le falte nada. Le rogué porque mi madre muriera en cuanto supiera la noticia. Una vez falte yo, nadie le comprará la medicina que alivia los dolores que la obligan a gritar como posesa cada madrugada. A partir de ese momento, el guía optó por separarnos. Vamos, diez. El resto quedó en Ciudad Valles, en espera de noticias. Aguardarán por siempre, creo. No lo he comentado con nadie, pero tengo la impresión de que nos siguen. Desde que abordamos el tren en Cárdenas y pasamos por Cerritos, he visto a un grupo de sospechosos. Aunque en el descenso se perdieron, en Villa de Arista volvieron a aparecer. A cuatro, conté, mal encarados todos. Ojalá que no sean lo que yo creo. Ojalá que el aullido de los perros, el relincho de los caballos, y el cloqueo de las gallinas, sea temor a la lluvia. Dios quiera que sí. Dios quiera... EPÍLOGO Una vez que asesinaron al último hombre, comenzó el pillaje. El choco, el flaco y el tamal fueron a por los objetos de valor; y el talaje, Glauco y su compadre, a por las tres mujeres. Registraron los cadáveres uno tras otro; y, en cuanto no hubo nada más qué robar, iniciaron la fila. Durante más de una hora, intercambiando turno y posiciones, saciaron sus instintos en las carnes vírgenes de violación y lujuria. Eran más de las cuatro cuando quedaron exhaustos. -Mátenlas y vámonos- dijo Glauco -borren todas las huellas-. Pero entonces, mientras iluminaba la escena por última vez en busca de sobrevivientes, al observar de soslayo el ensangrentado rostro de Javier, se disiparon las brumas del olvido que cubrían su memoria y supo quién era. Entonces, como en una película de terror, el velo de la noche del tiempo se corrió y recordó todo. El ataque de los asaltantes al grupo en que viajaba hacia su sueño americano, la herida que le hicieron en la cabeza con un hacha, el laberinto tenebroso que lo engulló, el hospital público al que lo llevaron días más tarde, el antro donde conoció al hombre aquel que lo inició en la vida aciaga que llevaba, y a su madre, padre y hermanos, llorando mientras lo despedían en la terminal -¡Dios mío, qué hice!- dijo entonces -¡Dios mío, qué hice!- Fulminado por el shock se arrodilló, y recostado sobre el cuerpo de su hermano Javier lloró y suplicó porque nada fuera cierto. Clamó hasta el amanecer. Pero nadie lo escuchó. Sus hombres, el guía y la muerte, ya se habían ido.
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La campaña del listón blanco
Presentación
Un secuestro prolongado se convierte en una exploración de la violencia, la memoria y las oscuras alianzas que sobreviven después de la guerra
Sinopsis
La campaña del listón blanco narra la historia de un joven secuestrado por una organización criminal que lo mantiene oculto durante meses en una remota zona del país. Mientras su familia negocia su liberación y la sociedad impulsa una masiva campaña de solidaridad para exigir su regreso con vida, el cautivo lucha contra el aislamiento, el miedo y el deterioro físico y emocional provocado por el encierro. A medida que transcurren los días, las fronteras entre víctima y victimario se vuelven cada vez más difusas. Los testimonios de quienes lo custodian revelan las cicatrices de una guerra reciente y un país donde antiguos combatientes, policías y delincuentes comparten un mismo territorio marcado por la violencia, la impunidad y la necesidad de sobrevivir. Cuando finalmente logra escapar, descubre que la libertad puede ser tan peligrosa como el cautiverio y que la verdad que lo espera fuera de su prisión es más compleja de lo que jamás imaginó.
Historia de Creación
Crónica negra que da voz a quienes no sobrevivieron
Leer Muestra
Era increíble. Los había burlado. Pese a que nunca permanecía solo, había escapado. Dejaba con ello tres largos meses de encierro en aquel cuartucho donde sólo existía un jergón, ennegrecido por las penas de quiénes antaño durmieron sobre él; un retrete manchado y sucio que antes fue blanco, ahora gris plomizo; y el plato plástico, donde le depositaban cada mañana el agua y la comida. Dejaba tras sí noventa y tantos largos días en los cuales rememoró su vida palmo a palmo para no volverse loco; espulgándola, exprimiéndola, sorbiéndole gota a gota el néctar ya vencido de tiempos mejores. Durante la primera semana, viva aún la esperanza de que alguien se hubiera percatado de que viajaba obligado en aquel carro doble cabina, se dedicó a pensar en qué dirían todos cuando lo vieran regresar a casa sano y salvo. A la tercera, su fe se tornó cada vez más débil y, al par que sus pupilas se dilataban para acostumbrarse a la penumbra, el desaliento lo invadió y deseó morir para acabar con todo. Pero ahora, hoy día, mientras esperaba escondido entre las paredes llenas de graffiti a que el operador del nueve once mandara a una patrulla a recogerlo, todo le parecía distinto. Lo secuestraron, un lunes al amanecer. Llovía. El agua inundaba las calles y hacía rebalsar los tragantes obstruidos por la epidemia de terremotos que asoló al país el verano anterior. Supo que lo perseguían, en cuanto salió de casa. Eran dos vehículos. Un sedán azul sin placas, con vidrios polarizados, y una busca huellas color gris. Habituado a competir los sábados en la madrugada en los acelerones de la Jerusalén, los perdió apenas recorrió unas cuantas cuadras, pero al doblar una esquina aparecieron otra vez y le cerraron el paso. Del automóvil azul bajaron tres hombres. Uno se arrodilló frente a su parabrisas, apuntándole con un fusil de asalto, el segundo se acercó, pistola en mano, a su puerta, y el que parecía ser el jefe subió al arriate a detener el tráfico. Pese al despliegue de fuerza del que hicieron gala, no fue necesario que lo obligaran a cambiarse de vehículo. No hacía falta. Sabía que, de resistirse, había de morir y, a su edad, semejante desperdicio no valía la pena. Una vez dentro del carro, ante la mirada atónita de transeúntes y automovilistas que clamaban por Dios y la policía, le vendaron los ojos y lo llevaron con rumbo sur. A su lado se sentaron dos hombres y le pusieron el cañón de sus armas contra el estómago. Hablaron de todo y nada. Le contaron sobre el colegio donde cursaba la secundaria, la novia abandonada tres meses antes porque no aceptó una relación cuyo hilo amoroso principal consistía en sexo duro consentido, las muchas amantes que tenía su padre en la empresa en la cual trabajaba como ejecutivo, y la finca ganadera, cuya propiedad, heredada de la abuela muerta hacía varios años, compartían él, su madre y una hermana, que vivía en el exterior. La sustitución obligatoria del vehículo para despistar a la policía ocurrió cuando consideró que apenas habían recorrido un kilómetro. Lo hicieron en la cochera de una casa abandonada, ubicada en una exclusiva zona residencial. Era, según pudo apreciar por la altura, la inestabilidad y el ruido sordo del motor, una pick up diésel todo terreno. Allí también se relevaron sus captores. Supo que no eran los mismos porque solo subieron dos, casi no hablaban, y uno de ellos, quién cojeaba al caminar, hacía un ruido con el pie como si arrastrara tras su cuerpo un saco lleno de cascajo. El interior, además, olía a encierro, vino barato y tabaco de mala calidad. Durante horas, que le parecieron eternas, vagaron sin rumbo. A veces tenía la impresión de que giraban por las calles hasta completar un círculo y se detenían únicamente a esperar por un cambio de luz, ceder el paso y no llamar la atención, o comprar algo para comer. En una de esas paradas creyó estar frente a una venta de pollo rostizado, pero al iniciar de nuevo la marcha el olor se perdió entre la polución y el ruido. En otra le pareció percibir el agrio olor del río que arrastraba las aguas negras de la ciudad. Igual que la vez anterior, arrancaron intempestivamente. Era casi mediodía cuando abandonaron el carro en un terreno rústico y se acercaron caminando al lugar donde lo mantendrían cautivo. Se hallaba fuera de la ciudad. Era una casa con piso de tierra y paredes de bahareque. El interior, aunque limpio, olía a encierro y abandono. Parecía una tumba recién pintada donde la materia, descompuesta ya, ha dejado paso a la podredumbre. La construcción estaba ubicada en el claro natural de una cima poblada de arbustos. De lejos, apenas era visible. Sin embargo, su posición permitía la vigilancia de todos los accesos con un mínimo de recursos. Contaba con luz eléctrica generada por la fuerza del viento y una fuente de agua que discurría silenciosamente entre los árboles hasta perderse, más abajo, en el caudal de un río que atravesaba la zona. Cuando entraron en la casa, luego de ahuyentar a un perro, el hombre que lo escoltaba lo empujó hacia lo que parecía ser la entrada de un tatú, que bajaba del piso un poco más de dos metros. Allí, una vez traspusieron la puerta de metal que había al final de un par de gradas, palpó la existencia de un jergón y una cadena cuyo frío le calcinó los huesos. Existía también un retrete para que hiciera sus necesidades fisiológicas y un agujero que facilitaba la ventilación. El espacio era amplio. Lo dedujo por el ruido de los pasos del hombre mientras se alejaba a inspeccionar cada recoveco para comprobar que no tendría forma alguna de escapar. En cuanto estuvo seguro de que no había nada que temer, el hombre le ató un pie a la cadena, cerró la aldaba, comprobó el buen estado de las ataduras y se marchó sin decir nada. Regresó un poco más tarde. Llevaba consigo un plato con frijoles, arroz y dos tortillas recién cocidas. A diferencia de la primera vez, no abrió la puerta si no que se plantó tras los barrotes y lo llamó para quitarle la venda. Dispuesto a colaborar, se dejó hacer sin protestar. El alivio de saberse libre para mirar hacia donde le placiera y reconocer el lugar no le sirvió de mucho. El cuarto estaba a oscuras y las manos apenas se veían. Esa noche, cuando cansado de darle vueltas y más vueltas a la situación el sueño lo venció, soñó que lo mataban. El sitio de su ejecución era un predio baldío plagado de lápidas, mausoleos y nichos. Se hallaba solo. A lo lejos, las campanas de una iglesia doblaban por un muerto y el eco de las oraciones y el llanto de las plañideras era deformado por el viento hasta convertirse en un murmullo ininteligible. Sabiéndose perseguido por la muerte caminó lentamente, observando cada inscripción, como si buscara un nombre previamente conocido. Leyó muchas. Unas se referían a décadas anteriores a la Colonia, y otras, a meses y años posteriores a la fecha actual. No paró en ninguna. A medida que caminaba, el cansancio lo obligaba a hacer un esfuerzo cada vez mayor para avanzar. Durante largo rato hurgó en el camposanto sin encontrar nada, pero al llegar a lo que parecía una tumba sin nombre algo lo hizo detenerse y escuchó los disparos que le robarían la vida y una voz gutural pronunciando su nombre. Eran sus captores. Lo llamaban para el desayuno. Al igual que el anterior, ese día y el siguiente no probó comida. Abrigaba la esperanza de que alguien lo hubiera reconocido en el camino y su padre lo rescatara. Podía hacerlo. No había la menor duda. Dos décadas codeándose con la horda de políticos que dirigía el país hacían buenas amistades y contactos. Veinte años de favores a amigos y enemigos volvían posible cualquier cosa. Desde un ataque policial, mediante la infiltración de la banda por expertos en secuestro, hasta la intervención de un comando especial, conformado por defensores de la democracia, entrenados por Boinas Verdes en la Escuela de Las Américas. Al cuarto día, su situación cambió. Los platos de comida que le llevaban a la mañana y a la noche y retiraban intactos al amanecer no fueron más. Entonces el hambre lo venció. No supo nunca el por qué dejaron de llevarle comida, ni el motivo de la ausencia del hombre. Pero un día, cuando ya había perdido la esperanza de que apareciera alguien a ayudarlo, escuchó unos pasos y al mirar hacia la puerta se encontró con unos ojos claros que lo escrutaban tras una máscara. Era una mujer. Lo adivinó por la frialdad de su mirada, y lo confirmó en cuanto le dijo que debía grabar un mensaje, cuya finalidad principal era aportar una prueba de vida. -Tu tata es terco- le dijo mientras lo observaba detenidamente, como si estudiara una posible reacción -no quiere hacernos caso. Se niega a hablar con nosotros. Siempre aseguran que no está. Ojalá que no sea necesario cortarte un par de dedos o sacarte los ojos para que entienda, de una maldita y puta vez, que nosotros no bromeamos. Aunque drástica, la amenaza de la mujer no le causó más efecto que la desazón de confirmar lo que ya sabía. Difícilmente lo dejarían ir. Antes le darían muerte. Contrario a lo que creía, recién privado de libertad, su padre no acudiría en su rescate. La idea que abrigaba sobre el heroísmo del hombre que una vez lo libró de morir ahogado era tan sólo un laberinto que engullía sin misericordia su ilusión de regresar con vida a casa. Su esperanza de volver a los brazos de la mujer con quién pensaba casarse se desmoronó entonces completamente, y las ruinas pasaron a ser el pilar de una meta. Debía escapar. Desde ese momento, perdida la fe en que recibiría ayuda del exterior, comenzó a pensar detenidamente en la mejor forma de fugarse. Le preguntó la hora a la mujer, el día y la fecha. A regañadientes, ella le contestó que era lunes, y, a partir de allí, por cada dos veces que le llevaban comida hacía una raya en la pared. Empezó también a rememorar cada suceso de su vida. Para no volverse loco se colgaba de los buenos recuerdos, pero terminaba hundido en la amarga ciénaga de los ingratos. Cerraba los ojos y evocaba su niñez. Los juegos en el kindergarten, la celebración de su cumpleaños y la navidad esperando a que Santa Claus respondiera a sus cartas. En ocasiones, el hilo de sus recuerdos era roto por el ruido de pasos en las gradas, el canto de un ave que se filtraba hasta allí o el siseo de las cucarachas que emergían del fondo del retrete donde hacía sus necesidades. En otras, se perdía en el oscuro laberinto de los días pasados y retornaba al punto de origen en cuanto el miedo lo vencía. Cuando eso sucedía miraba hacia la puerta en busca de ayuda y se encontraba con una simple mirada fría que le recordaba al instante que la muerte rondaba a su alrededor. Acechándolo. Esperando a que bajara la guardia para tenderle sus zarpas. Esa premonición sobre la inminencia de su muerte le escocía el alma y le roía el espíritu, lo atormentaba hora tras hora, invadía sus entrañas con tristes y amargos presagios y lo obligaba a deslizarse en una extraña sima cuyo fondo era insondable. Por varios días esa fue su vida, pero una tarde, en busca de una válvula de escape, asió su sexo entre las manos y se perdió en el olor de la piel y el calor de las caricias de las mujeres que conocía. Eso lo ayudó a olvidar. Las recordó a todas, incluso a aquellas por cuyos favores hubo de pagar. Samaritanas, púberes, vírgenes, casaderas, divorciadas y viudas desfilaron por su mente. Particular atención le merecía la maestra del noveno grado, quién le enseñó que la gloria y el infierno caben en la eterna humedad de un sólo sitio, y que el lugar que cada hombre tiene en él depende más bien del grado en que acepte como tal esa verdad y no tanto de los principios que profese. La recordaba como la estrella inalcanzable, la mujer que le enseñó la mayoría de las cosas agradables que era capaz de hacer con un poco de imaginación y habilidad en el uso de su naturaleza, y el ser humano con defectos y virtudes que era. Para evitar el tedio comenzaba desde el final o viceversa, pero el resultado era el mismo. Terminaba acariciando al animal que dormitaba entre sus piernas, sintiendo en cada espasmo pubococcígeo que la libertad llegaba y escapaba en la cálida y pegajosa humedad que corría entre sus dedos. Grabó el mensaje anunciado por la mujer, según sus cálculos, al final de la cuarta semana de encierro. Lo hizo en una grabadora tipo periodista que ella llevó. Era idéntica a la que su madre le regaló para su décimo cumpleaños: el mismo tamaño, marca, color y mecanismo de funcionamiento. -Miércoles doce de septiembre. Pánico en Nueva York por ataques terroristas. El planeta entero llora- le ordenaron que dijera al par que lo presionaban para que pronunciara cada palabra con fingida tranquilidad. Fue más tarde, mientras hojeaba vorazmente el periódico que habían olvidado, cuando se enteró de que para su madre y hermana el mensaje carecía ya de significado. Murieron en un confuso accidente de tránsito, pocas horas después de los ataques. La noticia sobre sus muertes pasaba desapercibida entre tanta página impregnada de tragedia. Eso lo desalentó completamente y lo introdujo en un laberinto del que le fue difícil salir. Horas enteras, lloró su desgracia. Eran todo para él. Marcaban la frontera entre la locura y la razón. En los días anteriores, su sólo recuerdo fue el noray al cual se ató para no perderse en la oscura noche del océano de la depresión y el desaliento. Pero ahora que faltaban, resultaba igual morir o vivir. Daba igual dejarse morir de hambre o caer en el intento de escapar. Mas no sería justo, se dijo entre sollozos, en tanto las lágrimas inundaban sus ojos, no sería lo que ellas esperarían de él. Cuanto más lo pensó, más seguro estuvo, y esa convicción lo ayudó a bregar en la pútrida ciénaga de la desesperación. Sí años antes su madre luchó con denuedo contra el cáncer que le devoraba el estómago hasta hacerse una compleja operación para sustituir su aparato digestivo, él podría, ahora que no estaba, proseguir con su ejemplo. Con ese fin rezó toda la tarde y entre sorbo y sorbo de dolor suplicó a Dios que lo ayudara. Recitó uno a uno los versículos de la Biblia que aprendió en su niñez, y cuando ya no pudo más dejó que su mente vagara de salmo en salmo, de proverbio en proverbio, de lamentación en lamentación, de profecía en profecía y de revelación en revelación. El resultado de sus ruegos llegó, tres semanas más tarde, cuando la fuente de sus lágrimas se había secado y la tristeza en el fondo de su corazón estaba ya convertida en una afección que sería su compañera fiel mientras le durara la vida. Para entonces, había grabado dos mensajes más, incluidos tres minutos de un vídeo que no le permitieron ver, y llevaba perdidos más de diez kilos de peso. Apareció sin gracia, igual que todos los milagros. Una noche mientras dormía soñó que lo esposaban antes de lanzarlo hacia un abismo cuyo fondo no lograba divisar. Cortó el vacío durante largo rato, asido de la nada, abiertos los brazos, y cerrados los ojos para no mirar, esperando con resignación el golpe que le pondría fin a todo. Cuando despertó, la misma mujer que lo cuidaba yacía desnuda a horcajadas sobre él, empalada hasta el alma con su sexo enhiesto. Devorándolo en vida. Estuvo a punto de alzar la voz pidiendo ayuda, pero entre gemidos guturales y suspiros moribundos ella lo mandó callar. Estamos solos, le dijo, nadie va a escucharte. Por ella supo, días más tarde, que las negociaciones sobre su liberación habían avanzado considerablemente. -Querían cinco millones- le dijo -ahora van por dos millones quinientos mil, pero creo que al final se conformaran con menos-. Le contó, además, que la relevaban cada dos días, que el lugar donde lo tenían escondido no estaba localizado en ningún mapa, y le pidió, encarecidamente, que no juzgara su comportamiento porque desconocía sus motivos. La razón principal de su presencia era cuidar de su vida, le dijo, no obstante, contaba con órdenes precisas de pegarle un tiro en cuanto sospechara que estaba en peligro o abrigara la mínima certeza de que pretendía escapar. Nadie se enteraría, estaban solos. Aparte del perro que yacía amarrado en la entrada de la casa —un Rottweiler a quién cortaron de tajo la lengua para que no ladrara— eran las dos únicas almas en varias leguas a la redonda. Supo también que en los días en que le faltó comida estuvo solo, porque helicópteros de la policía sobrevolaron el lugar repetidas veces y no hubo forma de trasladarlo. A partir de entonces había sensores de calor alrededor de la casa, cuya única finalidad era marcar con precisión el momento de su muerte. Parecía mayor, aunque contaba apenas con treinta y un años, nueve meses, y tres días. Era madre soltera. Pese a que pertenecía a la misma banda, no conocía a los secuestradores, a los hombres que lo llevaron a ese lugar, a quien ordenó su secuestro, y mucho menos al negociador, pues solamente le pagaban para que lo cuidara. –Nos prohíben relacionarnos- le dijo en un intento de convencerlo de su sinceridad –pues en caso contrario sobreviviríamos poco tiempo. La medida tiene sentido; la seguridad de una cadena es mayor en cuanto sus eslabones son más independientes-. Era más pragmática de lo que aparentaba. Sabía que respondía con su vida por cuanto le ocurriera al secuestrado mientras permaneciera bajo su cuidado, pero desconocía que su actitud protectora y benévola y el comportamiento que él asumía respecto de esas atenciones, eran producto del Síndrome de Estocolmo. Una manifestación de esa particularidad de la conducta humana que obliga a que víctima y victimario se identifiquen entre sí y compartan sus emociones, cuanto más tensos están. Era excombatiente de la guerrilla y del ejército. Comenzó con Las Tigras, el batallón femenino de cuarenta mujeres formó a mediados de los ochenta uno de los genocidas más sanguinarios del país, a fin de combatir a los insurgentes. Se enlistó a los dieciséis años cumplidos, convencida por su novio, un sargento de la célebre benemérita, quien en su tiempo libre era miembro de los escuadrones de la muerte. Tal como dijera a su familia, sus expectativas eran muchas, pero en junio del ochenta y seis, durante un ataque al cuartel sede, murieron cinco de sus compañeras. Escapó de milagro. Desde entonces, en sus horas de insomnio, rememoraba minuto a minuto esa noche, deleitándose con el morbo de saberse protegida por la mano de Dios. Se acercaba la madrugada. Veía, presa del pánico, como los combatientes infiltrados las asesinaban a sangre fría, protegidos por la oscuridad, cuando una de las pocas sobrevivientes abrió en canal a quién iba a por sus vidas con la ayuda de una simple navaja. Recuperó la compostura en cuanto cesó el ataque. Luego, en un arrebato que nunca pudo explicar, arrancó la ropa de la agresora, se vistió, se causó una herida en la pierna y, como resultado, los atacantes la evacuaron como suya. Nunca supieron que formaba parte del enemigo. Cinco años más tarde acabó la guerra, y el único insurgente que conocía su historia murió en la ofensiva del ochenta y nueve. Defendía los pasajes conquistados a sangre y fuego en una colonia olvidada por todos, en la periferia sur de la capital. Una vez firmados los acuerdos de paz, engrosó la nómina de excombatientes beneficiados por el Banco de Tierras, el gobierno y el KFW. La seleccionó la comandancia general. Unos le dieron una parcela de tierra, otros, dinero para que comprara algunas cosas para el hogar, y los últimos, le construyeron una casa. -Pero eso no es vida- le dijo enfatizando sus palabras -No nos educaron para el sedentarismo. Nuestra generación únicamente sabe matar. Sólo eso nos enseñaron. Ahora, quienes eran enemigos se volvieron amigos. Hoy día, policías y guerrilleros se han unido para sobrevivir. Forman bandas de secuestro, robo y extorsión; incluso, de asesinos a sueldo. Pero somos humanos. Al igual que el vecino, tenemos necesidades que debemos suplir. Nadie le había descrito la identidad del secuestrado, pero sabía quién era porque en la televisión mostraban su fotografía y exigían a los secuestradores que le respetaran la vida. -Han hecho una cruzada de plegarias para lograr tu pronta liberación- le dijo -Campaña del listón blanco, la han llamado. Tus amigos, vecinos, compañeros de colegio, excompañeros, y todo el que quiera, porta en su ropa, en un lugar cercano al corazón, un listón blanco con tu nombre y apellido impresos en letras de oro. En escuelas, iglesias, colegios y empresas se reza todas las mañanas porque te liberemos con vida, y en la televisión, en una esquina de la pantalla, han colocado un listón de color; lo dejan allí para gritarle al mundo tu tragedia. Lo que no conocen, ni sospechan siquiera, es lo que sabemos tus secuestradores. No obstante, participar de esa maldita verdad nos costará la puta vida. Comprobó que su afirmación era cierta cuando se ausentó sin avisarle y reapareció en su lugar el primer hombre que lo cuidó. Vestía pantalón camuflado, camisa sport y zapatos burros. Llevaba en sus manos un M-16 recortado y una prenda íntima manchada con sangre. Abrió la puerta con fuerza, tiró la ropa cerca de sus pies y le ordenó que la mirara. Pertenecía a ella. Era indudable. Su temor se confirmó en cuanto recordó el color y diseño que portaba el día en que suplicó porque le hiciera el amor. Ese abrupto giro en los acontecimientos lo sumió nuevamente en la desesperación y el desconsuelo. Los pingajos de fe que aún le quedaban se marcharon con esa terrible noticia. Ella era su única esperanza de escapar. Fue con esa finalidad que cedió a sus pretensiones y le contó su vida. Esperaba a que un día confiara en él y le permitiera hacer el amor sin ningún tipo de ataduras. Entonces la mataría. No bien concretó su aparición, el hombre puso en claro que no permitiría ningún privilegio y estableció sus propias reglas y condiciones. Retiró la sábana que ella le dejaba usar para espantar el frío y le ordenó dormir con las manos atadas, de cara a la puerta. Lo dejaba cocerse en el calor y la humedad o encendía de súbito un ventilador destartalado y lo obligaba a permanecer parado frente a él, sin mover siquiera un músculo. Durante largos períodos lo dejaba pasar hambre y sed y aparecía luego para atiborrarlo con agua y comida. Golpeaba los tubos de la puerta para ahuyentarle el sueño, desconectaba la luz o encendía a todo volumen un aparato de radio que había llevado, cuantas veces le venía en gana a cualquier hora. Tenía, dijo, el firme propósito de enseñarle que con él no se jugaba-. Lo que el hombre nunca admitió fue que su aversión y comportamiento salvaje eran producto de la traición de la mujer a quien siempre amó en silencio, y un amargo resultado del giro anormal que en los últimos días habían tomado las negociaciones. Harta de esperar por una muestra de voluntad de parte de los secuestradores, su familia se negó a pagar la suma que pedían de rescate y ofreció duplicar la cantidad a quien proporcionara información que facilitara su captura. Desde entonces, recibían cientos de llamadas. El resultado negativo de ese inclemente régimen no se hizo esperar y un día despertó con la desagradable noticia de que no podía, por más que lo intentaba, sostenerse en pie. Eso le dolió más que conocer sobre la ejecución de la mujer; incluso más que saberse utilizado. Mientras el hombre observaba tras la puerta, la rabia de saberse impotente le royó las entrañas y lo hizo perder la razón. Obnubilado por la angustia, estuvo a punto de gritarle que era mejor que terminara de una vez por todas con él, a seguir muriendo cientos de veces cada día, pero los acontecimientos de esa tarde lo indujeron a cambiar de idea. Llegaron dos hombres a tomar lo que sería una última prueba de vida, acompañados por un médico cuyo destete, por la edad, le pareció más cercano y verosímil que su condición de galeno. Era blanco, ojos claros. El pelo, abierto en un canal que le partía el cráneo en dos, le colgaba en una cola de caballo que ocultaba tras la nuca. El sujeto lo trató como a un perro, pero con amabilidad. Lo auscultó, tocando por aquí, apretando por allá, introduciendo un dedo por allí, hurgando por acullá. Cuando terminó el examen, quince minutos más tarde, le advirtió con sorna que, con su régimen alimenticio, la masturbación continua lo habría de matar. En cuanto el médico se fue, el hombre cambió de actitud. De lobo pasó a caperuza. De fiero mercenario, a monja de la santísima caridad. Comenzó con llevarle a tiempo la comida, le suministró agua cada hora, y a los pocos días lo llevó al exterior para que tomara baños de sol. Y fue allí, un día cualquiera, mientras oteaba el horizonte y recibía el calor que le calcinaba los huesos y le tostaba la piel, cuando tuvo conciencia de que estaba hecho una piltrafa. Se había convertido en una calamidad. Era un fantasma. Pese a su juventud y antiguo estado de salud, la piel de sus manos se veía transparente, y el pellejo le colgaba flácido, cual hoja seca a punto de caer. Podía contar sus costillas una a una, y las piernas, otrora desarrolladas jugando al fútbol, dejaban ver fácilmente los huesos de las rodillas. Su ropa tampoco había corrido mejor suerte. La camisa estaba llena de mugre y sudor, y el jean que llevara el día de su secuestro, sucio y empapado con fluidos corporales. El hombre lo condujo nuevamente hacia el cuartucho, un rato después, no sin antes permitirle que tomara el sexto baño desde el día en que lo secuestraron. Lo llevó hacia el nacimiento de agua, ató la cadena a un árbol, y se retiró para dejarlo solo. Tardó en desvestirse. El agua helada le hirió la piel, pero le ahuyentó la modorra y, por un instante, escuchó el engranaje de su cerebro mientras pensaba. Animado por ese descubrimiento frotó su cuerpo vigorosamente y estiró sus músculos y extremidades lo más lejos que pudo. Cuando terminó, se prometió colaborar más con su captor, a fin de que sus condiciones mejoraran, y se propuso aprovechar cualquier descuido, por pequeño que fuera, para intentar huir. Con esa finalidad revisó las rayas que diariamente había trazado en la pared, en cuanto el hombre se retiró. Contó sesenta y seis. No estaba seguro de cuántas más eran, pero tenía plena certeza de que no eran menos. Sentado sobre el sucio y desvencijado jergón caviló durante horas sobre la mejor forma de trasponer la puerta, eliminar al perro y sortear el sistema externo de seguridad. Consideró la violencia como alternativa, pero la descartó inmediatamente porque carecía de fuerzas y, en cuanto se sintiera agredido, el hombre lo doblegaría sin hacer mayor esfuerzo. Pensó también en atraerlo hacía sí, fingiéndose enfermo, pero igual: era imposible vencerlo en una lucha cuerpo a cuerpo. Al final, luego de un exhaustivo análisis, concluyó que la manera más viable era usar la inteligencia. Así amaneció. Puso en marcha su plan inmediatamente. Observó con detenimiento las idas y venidas de su captor, su comportamiento en cuanto salía y regresaba, las medidas que tomaba y el olor a sudor y suciedad que manaba de su ropa. Dos semanas más tarde, luego de cinco paseos al exterior y unas cuantas libras de más, sabía que el hombre se ausentaba por más tiempo cada dos días, tardaba un poco más de tres horas en volver, y regresaba casi siempre impregnado de sudor y tierra, con alimentos recién cocinados y tortillas calientes. Eso le hizo suponer que iba a por comida, que su fuente de provisiones quedaba un poco lejos, y que, aparte de él, tal como lo sugiriera la mujer, estaba solo. También notó, mientras se bañaba, que el hombre lo dejaba solo para limpiar las necesidades del perro que dormía suelto dentro de la casa. Al decimosexto día de observación, el octogésimo noveno en cautiverio, su vida y la posibilidad de escapar tomaron un giro inesperado. Encontró un alambre oxidado. Lo descubrió por casualidad. Regresaba escoltado por el hombre cuando al deslizarse sobre la pared de bahareque para esquivar al perro percibió algo helado bajo sus dedos. Lo tomó por inercia y lo guardó bajo la ropa. Grata fue su sorpresa al descubrir que podía servir como ganzúa. Distaba un siglo de ser experto en cerraduras, pero alguna experiencia tenía. Recordó entonces sus travesuras de niño, abriendo en secreto la aldaba de la bodega donde el abuelo guardaba batidos de miel de caña aderezados con ajonjolí, leche de cabra y semillas de marañón. Las escapadas a medianoche al cuarto de su prima, para descubrir mediante juegos prohibidos que hombres y mujeres se necesitan más de lo que algunas veces están dispuestos a admitir. La forma furtiva en la que saltaba el muro del internado que había en la colonia, para hacer el amor hasta altas horas de la madrugada, con experimentadas y hambrientas adolescentes, cuyos padres, cegados por el opio de la religión aún creían vírgenes. Esa noche, mientras dormía, como si sospechara algo, el hombre entró en el cuarto intempestivamente y comenzó a golpearlo sin misericordia. Hincado sobre su pecho lo levantó del cuello y apretó con fuerza hasta asfixiarlo, cortándole la respiración. El zarandeo lo despertó y el frío rostro del sujeto lo llenó de miedo. Quiso gritarle que parara y emitió unos cuantos sonidos guturales, pero no pudo. Era imposible razonar con él. Estaba hecho una furia. En cuanto se percató de que abría los ojos y gemía lo lanzó contra la pared y se acercó con rapidez al lugar donde cayó para continuar con la golpiza. Paró, cuando no oponía ninguna resistencia, porque sus fuerzas rato ha se habían ido. Luego comenzó a tirar y registrarlo todo. Hurgó en todos los rincones, mientras lo veía hacer, presa del miedo, temiendo por su vida, acurrucado en posición fetal en una esquina. Cortó la tela del jergón con una navaja, esparció la bellota sobre el piso, levantó la tapa del tanque del retrete, bajó la cadena y arrancó la bomba. Examinó cada uno de los orificios, borró las rayas que había trazado sobre la pared, quebró la bombilla, despegó el switch derruido que controlaba una bujía inexistente y descascaró la pintura de la pared y el techo, en todos los lugares invadidos por los hongos. Luego le ordenó que se levantara y desnudara completamente, y rompió cada una de las piezas de ropa, revisando cada costura y protuberancia. Hizo una pausa, bien entrado el amanecer. Para entonces le había hurgado exhaustivamente y con furia salvaje todos los orificios posibles del cuerpo, destrozado la nariz, sangrado los oídos, roto el esfínter con el cañón de la pistola y arrancado a culatazos los dientes frontales. Se marchó con un portazo dejándolo más contrito y humillado que nunca, pero con la insoslayable certidumbre de que debía escapar para lograr sobrevivir. Sería difícil, se dijo, pero apremiaba intentarlo. Disponía de algunos recursos. Aunque maltrecho y lento en movimientos, a causa de la paliza recibida, contaba todavía con el alambre y su escasa habilidad para abrir la cerradura. Estaba escondido en el elástico de la prenda ensangrentada que yacía, no sabía dónde, inmersa en el caos que el secuestrador desató dentro de la celda. Nunca supo cómo se le ocurrió guardarlo allí. A lo mejor, fueron el instinto de sobrevivencia que desarrolló en su afán de no provocar un desliz que indujera al hombre a pensar que podía escapar o la ayuda etérea e incondicional de su madre y hermana, a quienes percibía dentro de la habitación cuanto más sólo se sentía. Escapó el día siguiente, casi dos horas después de que el hombre se hubo ido. Para ello tuvo que luchar con la cerradura, durante más de quince minutos, y apaciguar mediante profundas aspiraciones el fuerte temblor que le sacudía las manos. Era su única oportunidad: la frontera invisible entre la vida y la muerte. Con ese intento de escapar trocaba la escasa sombra de seguridad que le proveía la certeza de que el hombre no podía matarlo sin exponer su vida, para jugar a la ruleta rusa. Abandonaba la posibilidad de que su padre pagara el rescate, para jugarse la vida a cara o cruz en el albur de sortear los obstáculos que debía superar antes de que se percataran de su ausencia y le dieran alcance, o hasta que encontrara a alguien que lo entregara bajo protección de la policía. Subió las gradas una a una, con parsimonia y sumo cuidado, pegado a la pared, oteando en la penumbra para descubrir cualquier ruido o movimiento que lo pusiera en peligro. Sudaba a chorros cuando alcanzó el umbral. Allí encontró la primera sorpresa. El perro yacía muerto sobre su propia sangre. Recién lo habían degollado. Una vez abierta la puerta, observó el patio, corrió hacia el nacimiento de agua y se deslizó por el cauce. Eso lo llevaría, según creyó, hacia el sur, a la seguridad del río. Había recorrido unos cincuenta metros cuando supo que ese no era el mejor lugar para escapar. No existía salida. El aire del pequeño callejón donde corría el agua estaba cortado con una serie de haces de luz que se cruzaban entre sí hasta formar una maraña insuperable. Entonces recordó lo que dijera la mujer. Ese lugar no necesitaba de mucha vigilancia porque tenía una posición geográfica envidiable y un sofisticado sistema de seguridad. Era infranqueable. Con un mínimo conocimiento estratégico, un poco de comida y un par de armas de fuego podía defenderse durante varias horas. Incluso días. Retornó a la casa, luego de pensar detenidamente en la mejor forma de solucionar el problema. Estaba seguro de que en algún lugar estratégico ubicado dentro de las instalaciones había un interruptor que debía encontrar para cortar la energía. Apremiaba hacerlo. Era la única manera de parar el funcionamiento del generador del láser o el banco de baterías que lo alimentaba. Con un poco de suerte, el hombre tardaría una o dos horas más como ocurría de vez en cuando y le alcanzaría el tiempo o volvía pronto y lo mataba, irremediablemente. Pero ese era un riesgo que debía correr. Su pasaporte hacia la libertad y la vida era el éxito de su temerario y único intento. No existía nada más. Tal como creyó, encontró el dispositivo dentro de la casa. Se hallaba empotrado bajo el poyo de la cocina donde el hombre calentaba la comida, justo detrás de un pequeño pante de rajas de leña de madrecacao. Era un contacto de una sola vía, conectado en forma independiente al tablero de control eléctrico de la casa, accionado mediante una palanca que se bajaba o subía según fuera la necesidad. Había, además, un banco de baterías de doce voltios que se activaba de inmediato en cuanto se interrumpía el suministro de energía eléctrica. Casi dos horas después, mientras se apartaba del cauce para rodear una pequeña cascada, escuchó a los lejos los disparos de un fusil de asalto y el sordo pero fuerte rotor de una mosca boba. Había avanzado apenas unos ocho kilómetros. Era, según pudo apreciar cuando su sombra lo bañó, un helicóptero blanco atravesado con rayas azules, con capacidad para cuatro pasajeros. En las ventanillas se veían hombres armados con ametralladoras y, en el vientre, la lucecita intermitente de un equipo de infrarrojos. Subía sobre el lecho del río, cortando el aire, deteniéndose en los recodos, hurgando entre los árboles como si buscara a alguien o persiguiera a un fugitivo. Por momentos se alejaba del cauce para rodear las simas y cimas que lo circundaban, pero regresaba ora al sur, ora al norte, ora al oriente, ora al poniente. Era indudable. Habían descubierto su fuga. Desde ese instante se alejó del río en busca de refugio. Un árbol, una hilera de matas, un sembrado de maíz, una cueva, un zacatal, cualquier cosa servía a sus propósitos. Cruzaba los prados sin más cuidado que la irrevocable intención de evitar que lo vieran desde las alturas, y sin más protección para su cuerpo que las manos y las decenas de heridas que laceraban su piel. Su cabeza era un mar de ideas; todas encaminadas a la supervivencia. A ratos pensaba que en el momento menos pensado le darían alcance, y se sorprendía corriendo y mirando hacia atrás para comprobar que la aprensión de que alguien lo seguía era tan sólo el resultado de su ansia por escapar con vida. Un latido más de su corazón que latía a todo vapor en sus entrañas desbocado por el esfuerzo. Hacia las cuatro de la tarde, superado el temor de que lo descubrieran porque el ruido del motor del helicóptero rato ha había cesado, entró en un pequeño caserío donde una anciana le regaló un pedazo de tortilla con frijoles y un pantalón viejo para que cubriera sus miserias. -Era- le dijo creyéndolo orate -la ropa de un hijo muerto durante la guerra, a manos del escuadronero y genocida Misael Castillo y su horda de hermanos en cristo. Los mismos, cuyos integrantes peleaban ahora, en las calles de la capital, porque les reconocieran el noble esfuerzo de haber asesinado en forma cruel y despiadada a sus hermanos-. Le dio también unas monedas. -Aunque nunca lo vas a entender- le dijo, masticando con el fantasma de una dentadura perdida hacía muchos años -estos centavos constituyen la globalización de la pobreza. ¡Eso dice el Padrecito Guadalupe! Era, según pudo ver cuando se alejó del caserío, un quarter, un dime y un cent. Arribó a la carretera que llevaba a la capital, esa misma noche, ayudado por un camionero que transportaba caña hacia un Ingenio. Para entonces había robado una camisa que encontró tendida en un cerco y repetido miles de veces en un murmullo que su nombre era Salvador, aunque bien podía ser Francisco, Andrés, Javier o cualquier otro. El nombre de cualquiera de los trescientos cincuenta y tres secuestrados anuales que había en el país desde el momento en que acabó la guerra. La cabina tenía espacio para dos personas y una pequeña cama que se le antojó ideal para contrarrestar el sueño. Era un cabezal International modificado, le confesó el conductor al par que luchaba por mantener el equilibrio de la rastra, cuyas llantas estaban lisas como una bola de jabón. Le preguntó también quién era y le contestó que no sabía. –Una noche desperté en un hospital- le dijo -Desconozco quién soy. Solo quiero rodar mundo. Aunque no le creyó, el hombre lo dejó frente a una zona roja de la capital, cerca de un teléfono público de monedas de los que ya quedaban pocos. Eran las nueve de la noche. La calle bullía de actividad, peligro y miedo. A lo lejos, en un nigth-club de mala muerte, cuyo rótulo de neón ponía Casa Fiesta, una banda mexicana desgranaba lágrimas de sangre, y junto a una ventana, un mariachi conjugaba por enésima vez el verbo amar en tiempo perdido. Todos los hombres, mujeres y niños, con quienes se cruzó estaban borrachos. Parecían marionetas bailando al ritmo de los dioses o pequeños títeres movidos por los inclementes hilos del destino. Pensaba en ello y en lo ocurrido en los últimos tres meses, cuando se sentó a esperar. Había llamado varias veces al inoperante nueve once. Contrario a lo que esperaba, fue allí en ese mismo lugar, entre paredes impregnadas de suciedad y graffiti, donde supo tres minutos más tarde que su calvario aún no terminaba. Llegaron agentes del Grupo de Reacción Policial, de la apenas adolescente pero ya corrompida Policía Nacional Civil. Iban en una pick up todoterreno, cuyo ronroneo era similar al terror de sus largas noches de insomnio. Bajaron tres hombres. No conocía al conductor. El otro individuo era un policía que caminaba hacia él, cojeando, arrastrando el pie y haciendo un ruido como un saco lleno de cascajo. Con todo, el hecho que lo indujo a pensar que la lucha por su vida aún no había comenzado, fue reconocer entre las sombras al hombre que los acompañaba. Era su padre. Caminaba con mucha prisa. Se lo veía muerto de miedo. Completamente preocupado por el desenlace. Vestía corbata azul, zapatos negros, camisa celeste y traje gris.
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"El principio del fin"
Presentación
El principio del fin es un relato que explora las consecuencias humanas de la violencia política a través de la voz de un campesino atrapado entre el miedo, el duelo y el recuerdo. Construido como un largo monólogo dirigido a una interlocutora silenciosa, el cuento recrea la atmósfera opresiva que imperó en muchas comunidades rurales durante la guerra civil salvadoreña, donde la amenaza podía llegar de noche acompañada por el ladrido de los perros, el rumor de los vehículos militares o el simple silencio de quienes ya no regresaban.
Sinopsis
El principio del fin transcurre en una zona rural salvadoreña durante los años más oscuros de la guerra civil. Mientras la noche se llena de ladridos, rumores de patrullas militares, paramilitares e insurgentes y presagios de muerte, un campesino conversa con su esposa sobre el miedo, los recuerdos compartidos y la interminable violencia que devora a comunidades enteras. A través de una voz profundamente arraigada en la oralidad campesina, el relato reconstruye la vida cotidiana bajo la amenaza constante de los escuadrones de la muerte, los operativos militares y las desapariciones forzadas. Entre evocaciones de tiempos mejores y el horror de una realidad marcada por la guerra, el protagonista intenta aferrarse a aquello que aún da sentido a su existencia. Pero conforme avanza la noche, el lector descubre que la conversación encierra una tragedia más profunda y personal, donde la memoria se convierte en el último refugio frente a la soledad, la destrucción y la maldad humana.
Historia de Creación
Homenaje a quienes no sobrevivieron
Leer Muestra
Ya comenzó de nuevo la guasa de los perros de la Chole, Con; ya aúllan otra vez. Empezaron allá por el huatal de los Turcios y ahora van por el de Salva Castellón. Al principio sólo fue uno de ellos; después, incluso Solimán les hizo compañía. Corren y corren como si quieren hartarse a alguien. Así como le hicieron ahorita tengo la muina de que no es a un animal cualquiera al que persiguen. Ha de ser a algún cristiano. Creo que sí. O tal vez no. Han de ser estos carajos de los escuadrones, con el hijueputa de Misael Castillo a la cabeza y sus hermanos en cristo, quienes vienen a joder otra vez a gente que no la debe. ¿No los oís, Con? ¿Vas a decir que no? Tenías razón, fíjate Con. Ya se callaron los babosos. Seguro que sólo eran algunas bestias que se salieron del toril. Quizá tienen hambre las pobrecitas y tuvieron que saltarse el cerco para pelechar algo que comer, buscar una basurita o una hojita de monte verde. Es qué en estos días, después de que comenzaron a venir los aviones a tirar ácido y bombas, en los potreros ya no queda una grismita de zacate. Todo lo destruye ese veneno jodido. Pelones y marchitos deja los palos; listos para el fuego. Se ven igual que cuando cae una centella. Como si de pequeños, los bañaran con carburo. Te chingaste, fíjate Con, esos chuchos jodidos siguen con la bulla. Paran un tantito como si quisieran alcanzar huelgo y después siguen latiendo. En este momento, la algarabía se escucha por el cerco de la escuela. Tenés razón, donde estaba. De cuando el primer bombardeo ya no queda nada. De todas maneras, ese armatoste no serviría de nada: no hay profe que sirva clases ni escueleros que las reciban. Desde que el ejército se llevó a Alcides Orellana en aquel carro verde que no tenía placas. Pobrecito mi tocayo. Tan buena gente que era. ¡Y saber cómo lo dejaron los muy zainos! Te acordás, Con, ¿cómo se puso de peludo para entonces? ¿Te acordás? Fue la de no acabar. Vinieron después por el profe Julio y, en una muestra inequívoca de que eran desalmados, volvieron después por todos los escueleros que recogieron su cuerpo y le dieron sepultura. ¡Cómo si enterrar a alguien fuera pecado! ¡Cómo si compadecerse de un prójimo que está acabado fuera pretexto para servirse de la vida de quién lo hace! Igual que sí eso fuera delito. ¡Cómo si no fueran cristianos! Da la impresión de que tata Chus no les puso también cinco sentidos. Recién escuché un quejido, Con. ¿No lo oíste? Era igual a los que se escuchaban la noche en que vinieron a sacar a los escueleros y les estaban sacando los ojos y metiendo alfileres debajo de las uñas. Se oyó como los quejidos que daban mientras les abrían los brazos y las piernas en canal. Tantito así de lastimeros como los balidos que dan las reses en cuanto les metes el cuchillo y boquean con los ojos vidriosos y la mirada perdida. Sonó así, Con, como los alaridos que daba don Balbino en el momento en que lo colgaban de los compañeros en las ramas del amatillo del puente, antes de que los muy zainos se lo llevaran al cráter del Chaparrastique y lo aventaran, vivo, adentro. Así como se escuchaban los gemidos del Padrecito Guadalupe cuando le desollaban la cara y él los bendecía uno por uno y rezaba el Padre Nuestro, titubeando del dolor. ¿Querés que te diga una cosa, Con? A veces pienso que esta maldita guerra nunca se va a acabar. Parece que fuera una maldición la carajada. Cuando voy al pueblo a comprar y veo a tantos niños que se llevan a echarse la platada, sólo para mandarlos a morir a los veintidós días a un desvergue mientras los coroneles y los políticos de izquierda y derecha se hartan en el mismo plato, o cuando veo a tanto cristiano que esos perros de la defensa civil dejan en los retenes de la entrada del pueblo, allí por la Veneciana o en el desvío, sólo para matarlos por el simple hecho de que no andan papeles; entonces pienso que quizá soportando esta guerra puta nos vamos a morir todos y nadie se va a salvar. Sé que haz de pensar que es la debilidad la que me hace hablar tanta pendejada, pero no, Con, fíjate que no. Lo que pasa es qué, aunque no sea letrado, aunque no entienda por qué pasan toditas estas mierdas, yo también tengo miedo. Aunque no creas, Con, le tengo amor al cuero. ¿O no te da miedo, Con? ¿Vas a decirme que no te da miedo escuchar noche tras noche la bulla de los perros? ¿Esas latideras, cuál si quisieran hartarse al diablo? ¿Vas a decir que no te da muina pensar que mañana podemos amanecer con el culo soplando al norte, sólo porque a un hijueputa desalmado se le pegue la puñetera gana de venirnos a sacar a medianoche, torturarnos y dejarnos tirados en cualquier lado para que nos harten las fieras? ¿A desollarnos vivos? ¿Vas a decir que no te acoquina saber que un día puede venir a matarnos la chuñuda del pueblo, así como hicieron con el primo Ene y Salomón Amaya allí por el crucero, tan solo por los pinche veinticinco pesos que iban a pagarles por su muerte, a raíz de una maldita herencia? ¿Vas a decir que no te da culiyera y te ponés a cortar clavos cuando oís el zumbido de las moscas bobas, de los cama de carreta, los pajarito o los fouga, que vienen a tirar papayas en los ranchitos y en los huatales donde deambulan los animales que quedan vivos después de los operativos? ¿No te da muina, Con? ¿Vas a decir que no? ¿Vas a decir que no te da temor, así como decías que no, el día en que quebraste el cántaro de loza para escaparte conmigo, aún sabiendo que yo estaba seguro de que te carcomía el terror porque estabas temblando? ¿O no te da miedo, Con? ¿No te da miedo recordar como dejaron a Toñito la vez en que se le corrió a la descalza para que no lo reclutaran, porque era hijo único, y los muy carajos se lo hartaron, primero a balazos, y después a patadas y culatazos con esos fusiles checos de mierda que sólo agarran cinco tiros y hay que pajearlos para que vuelvan a cuetiar? ¿No te da miedo, Con? ¿No te da pálida escuchar los alaridos de esos pobres hijos de su madre que la benemérita viene a matar debajo del palo de ceibo, y los gritos de la pobre gente que meten a puras macanas en esos tubos que hay debajo de la pavimentada que pasa por el crucero, aunque todos sabemos que allí no cabe ni siquiera un niño de dos años? ¿Vas a decir que no? Vas a decir, Con, que no te da miedo pensar que un día que pase la autoridad nos puede dejar, así como dice la radio guerrillera esa que dejaron a las mujeres y niños que mataron en el Mozote, La Joya, Los Toriles, Jocote Amarillo, el Sumpul, el Calabozo, Las Hojas, y en el tatú cercano al Suchitlán, en aquella guinda del caserío mentado Guadalupe, o a los que mataron en la Hacienda del Espíritu Santo. ¿No te da miedo, Con? ¿No te da miedo pensar que un día después de que la tropa nos deje sin comer durante una semana, en vez de prohibirte que le des comida a la guerrilla, te van a hincar desnuda en el polvo del patio y después de violarte uno a uno enfrente de los cipotes, te van a pegar un tiro? ¿No te da miedo, eso Con? ¿Vas a decir que no? ¿Vas a decir que no te da miedo pensar, cuando oís la algarabía de los perros, que van a venir los escuadrones, esos que dirige el doctor que vive en el pueblo, ese al que todos apodan "doctor muerte", y nos van a dejar colgados de la cabeza, así como hacen con los pobres cristianos que viven en los mesones, o con una estaca metida allí donde vos sabes que uno tiene lo más sagrado, así como dejaron a la muchacha aquella que encontraron en los días de semana santa en la finca donde íbamos a cortar café cuando los bichos estaban pequeños? O que nos van a dejar, así mismito, cómo cuentan que dejaron a la maestra aquella que era novia del estudiante del MERS, o como putas se llame esa agrupación, el día en que el mancebo, aquel hijueputa que mataron y al que nadie enterró porque se lo hartaron los perros y gallinas de su misma casa, la fue a sacar y dejó colgada de cabeza en el puente del molino, para que no manchara con su propia sangre el vestido blanco de novia que andaba puesto ¿Vas a decir que no? A mí si me da miedo, fíjate Con, a mí sí me da miedo. Lo que ocurre es que digo que no, porque no quiero que pensés que he vivido estos sincuenta años de mierda sólo para terminar siendo un viejo enclenque que le tiene miedo a la pelona. A mí si me da miedo, fíjate Con, a mí sí. Supieras la coquina que me da cuando voy a traer los compraditos al pueblo y veo que paran las camionetas y bajan a todos los cristianos que viajan dentro para pedirles los papeles. Supieras el abatimiento que me embarga cuando me pongo a buscar en la cebadera mi cédula y mi vialidad, porque aún por eso te matan los muy zainos, y antes de encontrarlas, envueltas en el trapito en que las has enrollado para que no se me ajen, le ruego a Dios que no se te haya olvidado ponerlas allí antes de irme. Vieras la temblazón de chimpinillas que me da cuando veo que apartan a los estudiantes y ya no los dejan subir a los buses donde van, y la aflicción que me da pensar en que sus pobres nanas —ya viejitas como estamos vos y yo— nunca volverán a verlos porque no regresaran, y se van a quedar a esperarlos toda la vida, adivinándolos en cada gemido del viento o en cada latido de los perros, rogando a la virgencita y Tata Chus que a última hora los hombres que los capturaron se hayan arrepentido, porque alguien les ha tocado el corazón, y no los maten. Supieras, Con, la lástima que me da cuando los veo, pálidos y apesadumbrados, despidiéndose con la mirada de la gente que va en la camioneta, y aunque uno nomás los conoce de cara, porque sólo los ha visto con sus pantaloncitos de sincatex y sus camisitas de dacrón todas las mañanas, no los puede volver a ver, no sea que sus asesinos lo descubran, lo bajen y acusen de ser su compinche. Supieras, Con, lo oprimido que se siente el pecho cuando esos soldados, que dicen que son del BIRI, amarran a los niños que secuestran en los operativos y los amarran, cuál si de perros se tratara, y los ponen enfrente de la gente para que identifiquen si quienes viajan en los buses pertenecen o no a la guerrilla. Supieras, Con, la culiyera que da cuando la mirada de esas pobres criaturas pasa por dónde estás y sentís como si van a detenerse y decir, mire, él andaba conmigo allá en el campamento, él bota postes por las noches y cava barricadas en las calles. Supieras, Con, lo que se siente entonces. Es una socazón así de grande como la que dice Tunino que sintió en los días en que el maligno llegó a su casa y quiso llevárselo porque él y el Padrecito Guadalupe— ese que mataron porque fue a enterrar a toda la gente que mataron los escuadrones en el Espíritu Santo— eran hijos de Don Macario, el brujo más famoso de todos estos andurriales. Supieras, Con, la desesperación que se siente cuando vas en la camioneta y miras por la ventana las cabezas enchutadas en los postes de los cercos o cuando ves los pedazos de manos y piernas que se hartan los perros y los chanchos a la orilla del camino real. Supieras, Con, lo que se siente en cuanto ves los charcos de sangre a la orilla de la carretera y más allá una pierna o un pedazo de cuerpo picoteado por los zopilotes y mordido por los perros. ¿Sabes, Con? A veces, cuando veo que estas bullas en vez de acabarse se ponen más cabronas, pienso que lo mejor sería que hace rato hubiéramos entregado los fierros. Entonces, Con, en cuanto oigo la aullazón de los perros que comienzan a latir allá por el crucero, por la molienda de Arturón, y luego por el campo de la escuela, entonces pienso que los bichos nunca van a llegar a grandes. Entonces, Con, entonces me pongo a recordar cuando fui medio a pija a traer a ña Fidelia para que te ayudara a parirlos, y en cómo la viejecita que casi no miraba te decía que hicieras fuerza para que salieran bien porque eran chachos y venían atravesados. Entonces, Con, cuando me acuerdo de eso, se me llenan los ojos de agua y pienso en los días en que tu nana, Diosito en gloria la tenga, te decía que si te endamabas conmigo los perros te iban a hartar. Entonces, Con, cuando me acuerdo de que el día en que te fuiste conmigo sólo tenía dos reales, me pongo a llorar. Y no lloro como mamaíta Con, porque sólo los mamploras lloran, sino como hombre, como macho con dos pelotas y tremendo travesaño. Pienso en las madrugadas en que íbamos a pescar al boladero o al jioticón y nos hacías jarrilladas de sopa de huilines con canechas, cumbadas de sopa de guapote con chacalines, boca colorada y jutes, o sí no, de burras con olominas, recién sacadito todo, después de que tirábamos la atarraya o cueveábamos debajo de los grandes tetuntes que había en medio del río. Entonces, Con, entonces, cuando me acuerdo de eso, pienso en todo lo que habremos hecho mal para merecer semejante castigo. Porque ha de ser un castigo de Dios, Con, ha de ser un castigo. ¿Dijiste que no? Yo creo que sí, fíjate. Yo creo que ha de ser el cumplimiento de las cosas que decía el Padrecito Guadalupe que estaban escritas en la Biblia. Las profecías del Apocalipsis; el Principio del Fin. Yo creo que ha de ser eso. Lo que ocurre es que, como pecadores que somos, no queremos ver las señales. Pero, aun así, Con, aun así, ¿Crees que es justo que maten a niños y mujeres que no deben nada, en balaceras y bombardeos? ¿Crees qué es justo que los escuadrones vengan y, así porque sí, se les pegue la maldita gana y te lleven para dejarte botado a la orilla del camino, pedaceado y sin nadie que te pueda reconocer y enterrar? Yo pienso que no, Con. A veces, fíjate, a veces cuando me acuerdo de los tiempos aquellos en que los bichos estaban pequeñitos y sembrábamos taletes, chilipucos o frijoles monos, o cuando íba a garrobear y no cazaba nada, porque andaba más pando que’l pico’el pato, y salía Jorgito y la Alba, todos chuquitos, chulones, y descalzos, gritando: ¡mi papa traye una iguana con guevos! ¡mi papa traye una iguana con guevos!, entonces Con, entonces se me hace un gran nudo en el güergüero y me pongo a llorar. Lo que pasa, Con, es que no te das cuenta de que lloro porque no querés oírme. Creo que no pones atención porque ya no soy satírico como antes, cuando íbamos juntos a traer agua a las pilas del marío. ¿Sabes? entonces recuerdo las noches en que iba ponerte serenata con René Castro y tu tata y tu nana, que Dios en gloria los tenga, nos echaban a Solimán y a aquel perro bravo que tenían, ¿Cómo es que se llamaba, Con? ¡Ah! Tribilín, ¿verdad? Sí, Tribilín, se llamaba el chucho hijueputa. Entonces Con, entonces cuando estoy pensando en eso escucho que los perros ladran allá por los huatales de Lencho Parranda, Salvita Castellón, el cerco donde Lupe Paniagua mató a Argelio Torres, y la quebrada de la Chepita Jiménez donde la guardia de Mercedes Umaña dejó botado a Lolo Paniagua, luego de que lo torturaron enfrente de Virgilión y la Pilucha. Es entonces cuando me da más canillera, Con. Es entonces cuando le pido a Dios que a los escuadrones no se les vaya a ocurrir venir aquí a hacernos nada. Porque ¿sabes qué? vieja, éstos bichos tienen que ponerse las pilas para que no sean analfabetas como nosotros. Para que no sean así como nosotros, que nomás venían los hombres del PCN y nos ofrecían llevarnos en camión al pueblo, allá íbamos los brutos a votar por ellos. Porque no, Con, los cipotes deben ir a la escuela para que no anden con la cuma o el guizute, tameguando todo el día, ganando una babosada, y comiendo tortillas de maicillo. Es entonces, Con, es entonces, en el momento en que escuchó las aullazones de los perros, cuando me pongo a rezar el salmo noventa y uno y le pido a Dios, de todo corazón, que nos proteja. ¿Sabes algo, Con, ¿sabes algo? Creo que ya estás harta de tanta debilidad, pienso que ya estás harta. Ahíta de tanta perorata. Agilada con tanta queja. Pero no puede ser de otro modo, Con, no puede ser de otra manera. Desde el día en que los escuadrones nos arrodillaron en el patio, te desnudaron y te violaron frente a los cipotes, y los mataron después, yo rezo mucho antes de irme a dormir al monte. Me entra también un enorme muina de hablar con vos. La verdad es que me siento solo y ya mejor quisiera morirme. Y un día tal vez me anime a ponerme el lazo, Con. Un día no muy lejano te avisarán que estoy muerto y debes venir con los cipotes a esperarme. A lo mejor algún día, Con, a lo mejor algún día. Y va a ser ahora, fíjate Con, creo que va a ser hoy. Tengo la muina de que va a ser hoy. ¿Sabes por qué? ¿Sabes por qué? Por estar platicando con vos no me apuré a irme hacia el monte y estos carajos de los escuadrones acaban de matar al perro. Ya llegaron, Con, ya llegaron. Ya están aquí. Ya destrancaron la puerta. Los malparidos acaban de tirar el tapesco de la puerta…