Catálogo por Géneros

Cartografía narrativa y documental

La producción literaria de Jorge A Hernández R explora las huellas que la memoria, la violencia, el poder y el paso del tiempo dejan en la vida de las personas. A través de la microficción, el cuento, la crónica periodística y la novela, sus textos indagan en la condición humana desde una mirada que privilegia los matices, los conflictos morales y las consecuencias de las decisiones individuales frente a la historia.

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"La noche de los tiempos"

Cuento / Suspenso Psicológico

PRÓLOGO Los saqueadores asaltaron el campamento de inmigrantes, entrada la madrugada. Eran seis. Vestían pantalones ajustados, cachucha de lona y camisas oscuras. Las armas que portaban no eran reconocibles en la oscuridad, más a la luz de las linternas se adivinaba que llevaban fusiles, machetes, ametralladoras y pistolas. Sus ojos tampoco se veían, pero a la luz del odio que brillaba en el fondo de las cuencas de sus ojos se sabía que eran doce abismos más en la oscuridad de la noche. Doce laberintos más hacia la nada, a la tenebrosa sima de la muerte. Su presencia era evidente desde cerca de las once. Llovía. Bajo el cielo encapotado, las ácidas gotas caían como piedras sobre los rostros requemados por el sol y lacerados por múltiples picadas de mosquitos y zancudos. Se anunciaron con el aullido de los perros, el relincho de los caballos y el cloqueo de las gallinas. Una vez quedó atrás el caserío, la algarabía cesó. Parecía que el silencio hubiera tendido su manto voraz sobre el valle, y que el demonio del ruido, presente en la vida de los inmigrantes desde que abandonaron la miseria y el calor del hogar, huyera de súbito. La quietud permaneció durante largo rato. Después se marchó para no volver más. Pese a ello, el cansancio de las víctimas pudo más que la desconfianza y, en cuanto se detuvieron, el sueño los venció. Así los encontraron. A Miguel, Bartolomé y Nicanor, reposando sobre el tronco donde acomodaron la cabeza. Al guía, semidesnudo y erecto entre las piernas de la última inmigrante que se les unió en el camino. A Marcos, dormitando sobre la bolsa donde llevaba un poco de comida, sal, yodo clorinas, commel, y una muda de ropa interior. A Francisca, abrazada a su hijo de apenas siete años. A Marcela, la más jovencita del grupo, recostada sobre sus dos brazos. Y a Javier y Carlitos, envueltos con el saco de yute que les regaló un viejo a quien ayudaron esa mañana mientras cruzaban un establo. UNO Estamos en la capital de Guatemala. Son las seis. Afuera llueve. Hace frío. En el hotel de mala muerte donde nos hospedamos se ha ido la luz. El apagón fue causado, probablemente, por los rayos que surcan el cielo o el consumo desmedido que representamos en nuestra estancia de esta noche. Tal vez, si lo pienso mejor quizá concluya que estoy equivocado. Es posible que en este callejón perdido en las entrañas putrefactas de esta ciudad el voltaje que llega a las casas no sea mayor a ciento diez. Antaño, cuando en la radio o la televisión escuchaba algo referente a los países vecinos pensaba que eran diferentes a mi patria, pero no. La misma miseria, igual pobreza, similar desolación. Parece como si los centroamericanos hiciéramos competencia sobre la degradación social en que vivimos. El piso medio de este hotel es una prueba contundente. Por sus pasillos pululan niñas que ofrecen su cuerpo por un aventón hacia el norte, un billete verde o una simple tortilla. Así han llegado hasta aquí. Así se marcharán de aquí. Una noche, dos días o una semana, representan un acercamiento hacia la realización de ese sueño que a todos nos roe. Esa esperanza que vivirá en el corazón de todos los necesitados mientras la tierra que nos vio nacer no nos ofrezca más que su vientre para devorar nuestros huesos. Partiremos esta noche. Después del agua, nos han dicho. Somos casi doscientos. Viajamos en grupos de cuarenta. Tenemos un guía por cada diez, quien conoce el camino, pero no los riesgos que implica cada esquina, atajo o rostro desconocido. Es un niño, contará con apenas veinte años. Topo, le llaman. Una de las mujeres que comparte su cama desde el mismo día en que salimos, afirma que lo debe a que la migra jamás le ha capturado a un grupo de inmigrantes. Él no dice eso. Aunque no ha profundizado, paga una vieja deuda de honor. Los ojos se le llenan de lágrimas cuando habla de ello. No sé por qué, pero tengo la impresión de que se parece a Gonzalo, mi hermano menor. Era del mismo porte y mirada, complexión y carácter. Tenía la misma sonrisa y afabilidad. Siempre estaba dispuesto a ayudar al prójimo, a quitarse el bocado por él. Lástima grande que no está más. Partió un día hacia el Pueblo de Nuestra Señora de la Reina de los Ángeles Porúncula y nunca regresó. Un año después de su partida lo dimos por muerto, le rezamos los nueve días y cada cabo de año. Lo echamos en falta. El vacío que dejó en nuestras vidas es muy grande. Su desaparición es dura. Mi madre se lleva la peor parte. Lo espera día tras día, recostada sobre la hamaca. Vencida por la artritis que le tritura las articulaciones, pregunta, muy triste, cada momento por él. DOS Era un depredador. Vivía de ilegales. Desde tiempos inmemoriales su modus vivendi lo constituían las columnas de despatriados que atravesaban la sierra en busca de un sueño que muchas veces tenía un despertar amargo. No importaba que los integrantes fueran hombres, mujeres y niños. Junto a sus compañeros de fechoría los esperaba en la frontera, disfrazado de tramitador, en los recodos de las veredas que sabía utilizaban, en las copas de los árboles que yacían sobre los atajos, en la profundidad de las simas que los polleros les hacían atravesar con el fin de evadir a migración, en los oteros de los valles, en los rincones oscuros de trenes de carga, confundidos entre los guías que abordaban contenedores o en las esquinas de las ciudades donde era fácil distinguirlos por su mirada huidiza, el sudor de la ropa, los zapatos tenis, su paso cansado, la compañía de otros individuos con apariencia similar, y, la menor de las veces, producto de una corazonada. Pese el momento, el resultado era el mismo. Caminaban tras ellos, noches, días y semanas enteras, con el único objeto de robarlos y violar a sus mujeres. Pocas veces fallaban. Años y meses ejecutando la misma actividad garantizaban del éxito de cualquier operación, por difícil y temeraria que fuera. Antes de que las noticias sobre sus pillajes hicieran famoso al país, se limitaban a quitarles lo poco que llevaban. Más tarde, al alcanzar notoriedad, implementaron la violación. Y cuando exigido por la presión internacional el gobierno de la república constituyó el Grupo Beta, incluyeron el asesinato. Aunque terminal y atemorizante, esa medida de poco había servido. Era difícil controlar a columnas de quince o veinte hombres, a veces hasta cuarenta, armados o no, que acompañaban a mujeres y niños. Día tras día, el riesgo crecía. Pese al factor sorpresa, algunos inmigrantes sacaban puñales, hojas de afeitar, navajas, corta uñas, palos o piedras y ponían resistencia. Al final, la contundencia de los machetes, pistolas, escopetas, ametralladoras, y otras armas compradas a narcotraficantes, se imponía. Pero el resultado tenía un precio. Muchos habían caído, muertos o malheridos. Otros se retiraron a vivir de los despojos. Y los más desgraciados guardaban prisión en cárceles federales, en cada uno de los Estados. Una vez acabara la actual persecución, se retiraría por otro motivo. No lo había comentado con nadie, pero en uno de los asaltos conoció a una mujer; una niña, para ser exactos; que le cambió la vida. Todavía recordaba la impresión que tuvo cuando la vio temblando bajo su cuerpo, mordiéndose los labios para no llorar, en tanto le sujetaba los brazos y arrancaba la ropa. Forcejearon así varios minutos hasta que su fuerza se impuso y no presentó más resistencia. Entonces, el planeta que regía su existencia modificó su órbita y olvidó quién era. En ese momento, mientras el cuerpo de la niña se ponía flácido, pese al ayuno sexual de varios meses su virilidad no fue más y no sólo respetó su inocencia, sino que también le perdonó la vida. Días más tarde, cuando el Síndrome de Estocolmo había alcanzado su mayor expresión, en la oscuridad del cuarto de mesón al que la llevó, ella le confesó, bañada por las lágrimas y el miedo, que tenía dieciséis años cumplidos, que aún hacía milagros, que era la única mujer en una estirpe de cinco hermanos, y que procedía de un caserío, ubicado en el oriente de El Salvador. -Me vine después de que mataron a mi familia- le dijo. -Fue la policía. Recién se habían firmado los acuerdos de paz. Recordaba también lo que sucedió después. Su entrega y sumisión, el afecto que creció entre los dos mientras se contaban las vidas, cuidaban de ambos y exploraban sus cuerpos. Su dedicación y consuelo en las noches en que tenía aquellas horribles pesadillas que le ahuyentaban el sueño. El alud que estremeció sus entrañas cuando nació su primer hijo. Lo que no le contó, ni le diría nunca, es que el hombre que se hacía llamar Glauco no tenía pasado. No lo recordaba. Su infancia, adolescencia y juventud, estaban perdidas tras el telón que se cerró en el hospital público donde despertó un día, sin más compañía que el médico que llegaba todas las mañanas y la enfermera que lo cuidaba. Sin más familia que la maletilla de ropa con manchas de sangre que lo esperaba en el casillero de la entrada. TRES Si no olvidé hacer una marca, abandonamos nuestro hogar hace sesenta y seis días, y seis horas con treinta minutos. El mundo ha cambiado desde entonces. Las torres gemelas, símbolo indiscutible del capitalismo, yacen convertidas en cementerio de millares de personas que trabajaban en su interior. Fue un ataque terrorista. El equilibrio mundial está en un hilo. En todo el orbe se han tomado medidas represivas. La frontera de los Estados Unidos, otrora mal custodiada, es un hormiguero de vigías. Cuando escuchamos lo que dicen en la radio, la incertidumbre sobre el éxito de nuestra travesía nos abruma y corroe el alma. Sin embargo, no hay retorno. Seguimos adelante. No paramos de caminar. El cansancio y el hambre nos oprimen, son nuestra fiel compañía. Las mujeres y niños que nos acompañan no cesan de pedir que hagamos alto y busquemos algo para comer. Pero los guías no quieren. -Este lugar es muy peligroso y podríamos caer víctima de los cientos de saqueadores que asaltan en la ruta- dicen. Probablemente, tienen razón. En la montaña que cruzamos no se escucha más que el ruido de nuestros pasos sobre la hojarasca, el aullido lejano de coyotes y el sonido metálico que hacen los corvos mientras abrimos una vereda en el montarrascal. No hay nadie por los alrededores. De vez en cuando encontramos a guardas, viajeros o simplemente a uno que otro hombre que huye de la justicia. Los primeros nos desean suerte y muestran el camino; los últimos nos evaden por temor a que los delatemos. De casi doscientos que partimos, sólo quedan cuarenta. Un grupo va adelante, otro, por la montaña del frente, y tres más, rezagados. Esperaremos por ellos al llegar a la línea férrea, dijeron, debemos caminar. Mientras descansamos cada noche, me pregunto por qué nos trajeron por aquí. Esta es una ruta desconocida. De la capital de Guatemala nos condujeron por carreteras secundarias, caminos rurales y montañas, y nos dejaron en la frontera con México, en el Estado de Campeche. De allí avanzamos en línea recta, sobre la línea divisoria, cruzando simas y cimas, hasta llegar a un lugar llamado San Pedro Tabasco. Luego abordamos un tren de carga que nos dejó kilómetros más adelante, y pasamos por Tenocique, Palenque, Teapa, Pichucalco, y otros pueblos, valles y montañas, cuyo nombre, no recuerdo. Dos semanas más tarde, llegamos a Puebla. Una vez en ese lugar, escondidos en un mesón abandonado, paramos una semana a esperar a los otros grupos. Nos alcanzaron un anochecer. Contaron que los asaltaron, pero no perdieron nada. Huyeron en cuanto escucharon el motor de una avioneta, dijeron. Pese a que la mayoría lo asegura, Carlitos, uno de los niños que venían en ese grupo, afirma que no es cierto. -Sólo oímos los rugidos de un león- dijo. -Una tarde se terminó el arroz, los frijoles y el azúcar, y el guía fue al pueblo a comprar. Volvió tres días más tarde, sin más compra que cinco libras de cada cosa. Contó que lo robaron, pero no fue así. Se gastó con una puta del pueblo los cincuenta dólares que llevaba. Ese día no comimos; tampoco, al siguiente. Fue hasta que llegamos a una colmenera cuando nos metimos por la noche, robamos miel y saciamos el hambre. Allí también matamos a un oso hormiguero. Nos lo comimos asado. Desde ese día el niño no se ha separado de mí. Noche tras noche se queda a mi lado y habla de su familia. -Todos murieron- dice –unos, por la guerra, y otros, por el Mitch-. Su caso me entristece. En los adultos, la emigración se entiende; en los niños, da rabia. Es increíble cómo un país con gente trabajadora no es capaz de ofrecer un poco de esperanza a ninguna generación, aún a quienes estudiamos en la Universidad. Es inconcebible como todos los impuestos generados con el hambre del pueblo son despilfarrados por un puñado de burócratas, mientras la población emigra exponiendo su vida para poder sobrevivir. –Echo en falta a mi madre- dice -también a mi padre y mis hermanos. Pero ya no están. Solo un tío me queda; para su casa voy. Lo que el niño no sabe es que nunca llegaremos. No le he contado que la semana pasada, en el tráiler que nos condujo desde Poza Rica hasta Tuxpan, estuvimos cerca de morir. Viajamos en dos grupos, uno sobre el otro, escoltados por carros-patrulla de la policía federal. A las mujeres las ubicaron sobre la tarima, y a los hombres, debajo. Durante la marcha una de las vigas se quebró y fue necesario sostenerla. Cuando ya no soportábamos el peso comenzamos a rezar. Entonces le pedí a Dios que mi familia se enterara y les devolvieran mi cadáver. Le supliqué porque el padrino de mi hija se hiciera cargo de ella para que no le falte nada. Le rogué porque mi madre muriera en cuanto supiera la noticia. Una vez falte yo, nadie le comprará la medicina que alivia los dolores que la obligan a gritar como posesa cada madrugada. A partir de ese momento, el guía optó por separarnos. Vamos, diez. El resto quedó en Ciudad Valles, en espera de noticias. Aguardarán por siempre, creo. No lo he comentado con nadie, pero tengo la impresión de que nos siguen. Desde que abordamos el tren en Cárdenas y pasamos por Cerritos, he visto a un grupo de sospechosos. Aunque en el descenso se perdieron, en Villa de Arista volvieron a aparecer. A cuatro, conté, mal encarados todos. Ojalá que no sean lo que yo creo. Ojalá que el aullido de los perros, el relincho de los caballos, y el cloqueo de las gallinas, sea temor a la lluvia. Dios quiera que sí. Dios quiera... EPÍLOGO Una vez que asesinaron al último hombre, comenzó el pillaje. El choco, el flaco y el tamal fueron a por los objetos de valor; y el talaje, Glauco y su compadre, a por las tres mujeres. Registraron los cadáveres uno tras otro; y, en cuanto no hubo nada más qué robar, iniciaron la fila. Durante más de una hora, intercambiando turno y posiciones, saciaron sus instintos en las carnes vírgenes de violación y lujuria. Eran más de las cuatro cuando quedaron exhaustos. -Mátenlas y vámonos- dijo Glauco -borren todas las huellas-. Pero entonces, mientras iluminaba la escena por última vez en busca de sobrevivientes, al observar de soslayo el ensangrentado rostro de Javier, se disiparon las brumas del olvido que cubrían su memoria y supo quién era. Entonces, como en una película de terror, el velo de la noche del tiempo se corrió y recordó todo. El ataque de los asaltantes al grupo en que viajaba hacia su sueño americano, la herida que le hicieron en la cabeza con un hacha, el laberinto tenebroso que lo engulló, el hospital público al que lo llevaron días más tarde, el antro donde conoció al hombre aquel que lo inició en la vida aciaga que llevaba, y a su madre, padre y hermanos, llorando mientras lo despedían en la terminal -¡Dios mío, qué hice!- dijo entonces -¡Dios mío, qué hice!- Fulminado por el shock se arrodilló, y recostado sobre el cuerpo de su hermano Javier lloró y suplicó porque nada fuera cierto. Clamó hasta el amanecer. Pero nadie lo escuchó. Sus hombres, el guía y la muerte, ya se habían ido.

Muestra en preparación. Vuelve pronto.

"En vías de investigación. Testigo clave: una condena a la impunidad"

Crónica periodística

PRÓLOGO Mientras recorro los pasillos del aeropuerto de Miami, Florida, en busca de la oficina de la compañía de renta de autos, lo veo de nuevo. Está allí, quizá tal vez un poco cambiado, pero siempre acogedor. Es el mismo bar donde me detuve, desconcertado y solo, a beber una cerveza luego de que escapé con vida de una cárcel clandestina de la Policía Nacional salvadoreña, ubicada en el castillo del terror, el palacio negro. Era agosto de 1983. Tenía treinta y un años, entonces, ahora tengo cincuenta. Mi presencia no es casual. Debo recoger el auto que reservé hace una semana; luego conduciré hacia West Palm Beach donde en pocos días comenzará el juicio en contra de los generales y ex ministros de defensa: José Guillermo García y Carlos Eugenio Vides Casanova. Otrora intocables, ambos están acusados de ser los responsables del secuestro y tortura de tres personas capturadas por los cuerpos de seguridad salvadoreños a principios de los ochenta. El juicio lo llevará una Corte Federal. Yo soy uno de los acusadores… UNO La presencia del tipo me incomoda. No sé bien por qué. Es una especie de temor desconocido que no puedo precisar. Está fuera de contexto. Es evidente que no pertenece al grupo de estudiantes y de maestros que esperamos fuera del aula. Su extraña estampa resalta como un lunar. Con todo, mi colega, el ingeniero Otto Rosales, y yo continuamos nuestra conversación con tres estudiantes de la clase que está por comenzar. Dentro del aula se escucha el ruido de las sillas que son arrastradas para despejar el paso, mezclado con las voces de quienes intercambian notas o apuntes sobre clases anteriores o cualquier cosa. El maestro da instrucciones sobre alguna actividad pendiente, pero pocos le prestan atención. Hay un apretujamiento en la puerta entre quienes luchan por entrar y los alumnos que deben salir. Nosotros esperamos. Somos los últimos del grupo. Cuando finalmente el tipo se atreve a interrumpirnos me doy cuenta de que esperaba para hablar conmigo -¿Es usted el ingeniero Mauricio?- pregunta. -Si- respondo, mirándolo directamente por primera vez. -Le quiero pedir que por favor mueva su carro- dice- fíjese que está bloqueando el mío y no puedo salir. Se lo voy a agradecer mucho. Mi alarma interna se enciende de inmediato, pero no presto atención. Quizá por la premura. Es casi hora de empezar la clase de Mejoramiento Genético que coimparto en la Facultad de Ingeniería Agronómica de la Universidad Nacional de El Salvador. El sujeto es pequeño, inocuo, de voz aflautada y pelo negro liso; su ropa, además, me parece barata. Genera compasión. Su rostro aindiado tiene un marcado halo de desamparo que oculta cualquier intención siniestra. Me da la impresión de que el favor me lo pide contra su gusto, obligado por las circunstancias, y que ha esperado largo rato únicamente con la intención de no interrumpirme. Eso también me causa lástima. Antes de decidir acompañarlo compruebo la hora: faltan cinco minutos para las cinco de la tarde. Es lunes 13 de junio de 1983. El día ha sido soleado y cálido. Aunque junio es siempre un mes lluvioso, ahora no ha llovido. Noto que del aula apenas ha salido la mitad de los estudiantes de la clase anterior y aún falta que entremos nosotros y nos acomodemos. De modo que hay tiempo, pienso. -Ya vuelvo- digo a mi colega y él asiente con un gesto. El hombre, quien observa y espera mi reacción con oculto interés, se coloca tras de mí y me sigue de inmediato sin separarse un paso. Con las llaves del carro entre las manos camino hacia la calle. Uno tras otro sorteo a los estudiantes de otras clases quienes también forman grupos en la entrada de las aulas. -Permiso, permisito- pido en más de una ocasión para ser cortés y no perder la costumbre. Despejado el camino apresuro el paso para acabar lo más pronto posible con la inesperada desavenencia. Saludo con una sonrisa a las muchachas que atienden el pequeño cafetín en la parte baja del edificio, donde recién regalé el Diario El Mundo para que otras personas lo lean, y subo de prisa y de dos en dos las gradas que llevan hacia la once avenida norte donde funciona la facultad. Son tiempos de exilio. El campus del Alma Mater está ocupado por el ejército desde hace ya más de tres años. En la acera de la salida y frente al edificio todo parece normal. Bajo las frondosas ramas de los árboles de acacia y de cedro dos vendedores de billetes de lotería conversan entre sí sobre cualquier cosa; dos empleadas de gobierno uniformadas con faldas de color gris y blusas blancas compran hot dogs; un grupo pequeño de clientes rodea a una vendedora de elotes asados; y a mi derecha hay un grupo de sujetos a quienes, debido al apremio, no les presto mucha atención. Sin embargo, al descender la acera y pisar la calle, sospecho que algo pasa. Hay una cosa que no encaja. Mi carro yace estacionado en el lado opuesto de la calle y no bloquea a ningún otro; además, el tipo que me pidió el favor no camina hacia su carro como suele hacerse en estos casos. En este instante, el tiempo se detiene. Callan las voces y cesan los sonidos. La atmósfera se adelgaza hasta quedar en un hilo casi invisible. Entre el ligero temblor de las hojas y el leve crujido de las ramas de los árboles al moverse agitadas por el viento presiento la cercanía de una bestia al acecho. Roto el conjuro vuelvo la vista sobre mi hombro para buscar al hombre que me ha seguido y lo veo tras de mí en el preciso instante en que levanta sus brazos como una zarpa para aprisionar mi cuello. En una acción refleja me aparto con rapidez y lo empujo con mis dos manos con todas las fuerzas que soy capaz. Mi acción lo toma por sorpresa y cae al suelo estrepitosamente. En cuanto lo veo caer, suponiendo algo grave intento volver al edificio por donde salí, pero de inmediato otros hombres fuertemente armados y vestidos de civil me cortan el paso. Retrocedo alarmado, pero mi agresor se ha repuesto y, ahora, convertido en una fiera intenta agarrarme el pie izquierdo. No puede asirlo. La adrenalina y el miedo me impulsan a pelear o a huir. Aunque la muerte los acompaña, sus armas no me asustan. El factor sorpresa les falló y estoy a punto de escapar. El corazón acelerado me palpita como un tambor en la garganta. Intento huir hacia la esquina de la calle Arce, pero la sandalia fuera del pie me impide correr. Lo mejor, pienso luego de un instante de indecisión, es regresar al edificio. En cuanto se percatan de mi maniobra los hombres me rodean. La emboscada se ha cerrado. Mientras los tipos se abalanzan sobre mí me inclino y me agarro con fuerza al bumper de un carro Wolkswagen modelo escarabajo que yace estacionado en la orilla de la calle. Luego, con un grito que me sale del alma alcanzo a decir -Ayúdenme, ayúdenme. ¡Ayúdenme por favor! Me golpean en cualquier parte con las cachas de sus pistolas y las culatas de sus fusiles. La paliza me causa un grave daño, pero no me suelto. A causa del terror que me envuelve mis manos parecen soldadas al frío metal. Uno de mis alumnos, el flaco Ghiringello, quien llega tarde a clase, al escuchar mis gritos les ruega que paren de golpearme -Hey, hey, suéltenlo, es mi maestro- grita. De inmediato uno de los hombres le apunta con su fusil y el estudiante, sorprendido, empalidece, deja caer sus cuadernos sobre la acera, levanta las dos manos con las palmas al frente y, con una mueca de miedo y de arrepentimiento en su cara, retrocede aterrorizado, repitiendo como un autómata a sotto voce, mientras baja las gradas y se aleja apresurado: -¡Es un escuadrón!, ¡Es un escuadrón!, ¡Es un escuadrón! Cuando lo escucho me siento señalado de inmediato por el dedo implacable de la muerte. La bestia en acecho baja del árbol y se acerca presurosa desde todos los flancos. Entonces los ubico. Los desconocidos pertenecen a una unidad especial del ejército o a los Escuadrones de la Muerte. Mi terror tiene fundamento. Públicamente se los acusa de ser los responsables de secuestros, desapariciones y de miles de asesinatos. ¡Y esta tarde han llegado a por mí! El escándalo es mayúsculo. Mis gritos pidiendo auxilio se escuchan en toda la cuadra. Alumnos y empleados de la Universidad se asoman a las ventanas y a los pasillos de las aulas para ser testigos de mi angustia y desesperación. Sé, y saben bien, lo que me espera. Es la muerte. Sin embargo, nadie puede hacer nada; únicamente rumiar la impotencia de no poder ayudar, a pesar de que me conocen de toda la vida. En caso de oponerse pueden llevárselos conmigo, aunque no deban nada. Precedido de improperios uno de mis secuestradores aparta a quienes me golpean. -¡Apártense!– dice –este pendejo no quiere por las buenas-. Me golpea con la culata de su fusil: primero en la espalda, luego en el estómago, y después en la cabeza. Como hienas tras su presa, los demás lo secundan. Bajo la lluvia de golpes suelto el bumper del carro. Una vez que he caído me agreden con alevosía y el tipo que me sacó con engaños del edificio me pega una patada en la boca y me rompe un premolar. Me cubro con las manos, pero es imposible. Siento la sangre caliente correr sobre mi rostro. Me levantan de cualquier forma -¿Quiénes son ustedes?- pregunto, mientras me llevan a rastras entre dos –¿Quiénes son?-. -Vos ya sabes quienes somos- responden. -¿Y por qué me llevan?- pregunto de nuevo. -Vos ya sabes por qué te llevamos- responde el mismo tipo. Los motoristas de algunos vehículos que transitan frente a nosotros disminuyen la velocidad para observar la escena con curiosidad, pero se alejan presurosos en cuanto se enteran de que la muerte también puede ir por ellos. Una vez reducido me arrastran rápidamente hacia un panel color gris que yace estacionado en el pasaje contiguo a la facultad. A lo lejos hay también vehículos que me parecen de transporte militar. Me esposan con las manos hacia adelante, me vendan, y me tiran con fuerza sobre el piso. Además de las heridas, tengo un diente roto. Han transcurrido quizá cinco minutos de vértigo. El vehículo se pone en marcha con rumbo desconocido, seguido de cerca por otros autos. Atrás, aparte del miedo, pienso que no queda nada. Solo la impotencia de los testigos de mi secuestro, el temor, las plegarias, la calle desolada, una vida perdida, y mis anteojos rotos… DOS Al doctor Juan Romagoza Arce lo vi por primera vez en 1984 mientras trabajaba en favor de los inmigrantes, en las oficinas de CRECE, en San Francisco, California. Fue tan solo un par de veces. Luego se trasladó en forma permanente a Washington DC para trabajar con CARECEN en la misma actividad. Posteriormente fundó La Clínica del Pueblo, ubicada en el barrio latino, donde atiende problemas de salud de gente necesitada. Sobre todo, migrantes latinoamericanos que han abandonado su país de origen para huir a toda costa del terror de estado o de la crítica situación económica que los acosa a diario. A Neris González, a su vez, la conocí en San Francisco cuando ella y su compañero, Jorge Montes, llegaron desde Chicago a fin de participar en las agotadoras sesiones legales para armar el caso Romagoza versus García, con los abogados de Morrison & Foerster. Una vez allí, con el objeto de aprovechar el que los cuatro estábamos juntos por primera vez, Gail Pellet, una cineasta que filma casos de interés social, nos hizo participar en su documental Justice and the Generals. Por la particularidad de su caso, del que olvidaba muchos detalles, Jorge Montes decidió retirarse del juicio y ahora los acusadores somos tres: Juan Romagoza Arce, Neris González, y yo. Con nuestra incorporación, el caso pasa a denominarse: Romagoza versus García et/al. Shawn Roberts ha sido nombrada en forma unánime como nuestro ángel guardián. Su intervención es tan importante para nosotros que habríamos rehusado a participar en caso de que ella declinara o no formara parte del equipo. Fue con Shawn y Jerry Gray con quienes me reuní en las oficinas del Center for Justice and Accountability, CJA, en San Francisco, en noviembre de 1999, después de que tomé la decisión de participar en el proceso, luego de que Félix Kury, psicólogo y maestro en la Universidad Estatal de San Francisco, le comentara una tarde en mi presencia a mi amigo Tito Burgos que buscaba a un sobreviviente de tortura de la represión del régimen militar en el Salvador para acusar a militares salvadoreños en tribunales estadounidenses del cometimiento de delitos de lesa humanidad. Dos días antes, la psicóloga que atendía mi trauma de tortura me había confesado, con mucho pesar, que sus sesiones de terapia únicamente me ayudarían a entender las razones de mis períodos de tristeza, mis arrebatos de violencia, y mi uso del alcohol como medicina de escape, pero que la cura completa para mi padecimiento de PTSD (Post Trumatic Stress Desorder) la proporcionaría únicamente la justicia cuando me permitiera enfrentar a mis verdugos. Tiempo después, Shawn se encargó de presentarme con la Hermana Diana Ortiz, de la orden de las ursulinas, fundadora de Torture Abolition and Survivors Suporter Coalition, TASSC, una organización para exigir justicia a sobrevivientes y víctimas de tortura. Shawn fue la abogada de Diana en su lucha por conseguir justicia en Guatemala donde fue secuestrada y torturada por miembros del ejército guatemalteco, en presencia de un sujeto a quien ella supuso era un agente de la CIA porque hablaba en inglés nativo. La tortura fue atroz. Se la obligó, incluso, a asesinar a otro de los detenidos -¿Cómo fue el viaje?– pregunta. -Muy bien, Shawn- respondo- muy bien. Todo tranquilo, excepto por el calor. Parece un día de verano en El Salvador. -Hay que hacer la distribución de los apartamentos. -¿Cuántos dormitorios tiene éste? -Dos, cada uno con su baño. -Perfecto- digo -De aquí no me muevo. Quiero sugerir que Juan, Neris y yo vivamos en sitios diferentes. -Está bien- dice Juan -En todo caso no estaré aquí todo el tiempo. Debo ausentarme para estar en Washington y atender necesidades que se presenten en la Clínica. -Conmigo no hay problema- dice Neris -me quedo con el apartamento de tres dormitorios. Mi hija Carolina y mi nieto Raulito me van a acompañar-. Posteriormente vendrá otra gente a acompañarla; entre ellas, Carmen Liduvina Magarín, la mítica negra Sonia. Su importancia en el frente de guerra durante el conflicto armado fue tal, que en un momento el ejercito anunció su caída con bombo, conga, y platillo. Yo también he solicitado ausentarme del juicio y participar solamente durante mi testimonio. Pero los abogados dicen que no es posible. Debo estar presente desde el día de la selección del jurado para mostrar mi interés y seriedad en la acusación hecha en contra de los generales. TRES Estoy dentro del panel con rumbo hacia la nada. A lo desconocido. Me han tirado boca arriba, vendado y esposado con las manos hacia delante, sobre el espacio abierto con los asientos retirados, supongo que para facilitar los secuestros. Uno de mis plagiarios me ha puesto su bota sobre la cara, pero aún así puedo ver la parte más alta del edificio de la Facultad por un pequeño espacio existente entre la venda y el pómulo. -¡Rápido! ¡Rápido!- escucho decir a quien podría ser el jefe del grupo, -¡Rápido! ¡Rápido!- Y al fondo, la actividad frenética de los tipos que suben apresurados a los otros carros y encienden sus motores. Nos vamos. Todo está irremediablemente perdido. Antes de que el vehículo arrancara, en mi aflicción, tenía la esperanza de que los muchos testigos de mi secuestro nos rodearan y convencieran a los secuestradores de que han cometido un error; que no hay razón para que me lleven; que me dejen; que no me meto en nada; que recién llego de México de estudiar una Maestría en Ciencia Animal Tropical con el fin de establecer una Maestría similar en la Universidad de El Salvador; que es injusto lo que hacen; que soy pacífico; buena gente; y que a nadie le hago daño. Los imaginé valiéndose de su número para rescatarme y esconderme entre ellos. Pero no. No ocurrió nada. Nadie se acercó. Nadie. Estoy solo. Iniciamos la marcha y ahora me cubre el velo de la incertidumbre. El vehículo se mueve y siento la presión atroz de la bota sobre mi cara, pero aún no creo lo que me pasa. Todo ha sido tan rápido ¡Como un torbellino! Veo las imágenes; escucho las voces de la gente que recién he visto hace tan sólo unos minutos; el rostro de los estudiantes impacientes por entrar al aula, empujados por quienes salían; el gesto que hizo mi colega, el ingeniero Otto Rosales, cuando le dije: ya vuelvo; la sonrisa de Esmeralda, la secretaria que saludé en el cafetín; y la seriedad de Rufino Quezada cuando me dijo, en la tercera planta del edificio antes de bajar al aula, que las asociaciones estudiantiles apoyarán en forma incondicional mi candidatura como decano de la facultad de agronomía. De repente, en el caos que me envuelve se me ocurre que todo esto es un sueño. La certidumbre de que es una pesadilla. ¡Esto no puede ocurrirme a mí! ¡Soy inocente! No existe razón para acongojarme. Tengo la esperanza de que muy pronto me despertará el ruido de las guacaladas de agua mientras mis sobrinas se bañan en la pila del patio de la casa, y que al deslizarme entre las sábanas aún tibias de mi cama me reiré de este absurdo. Pienso que me prepararé un café en la cocina y saludaré a los vecinos cuando me vaya a trabajar a la universidad, como hago a diario todas las mañanas. Pero el sabor metálico de la sangre proveniente de mis labios heridos por los culatazos recibidos y los fuertes latidos de mi corazón desbocado insisten, muy a mi pesar, en que esto no es una pesadilla. Me han secuestrado los Escuadrones de la Muerte. Mi destino está marcado. Mi muerte es una simple cuestión de tiempo. Dentro de poco aparecerá mi cadáver con señales de tortura y horriblemente mutilado, tirado en cualquier calle de la ciudad. Igual que los restos mortales devorados por perros, cerdos, y zopilotes, que aparecen día tras día en las afueras de San Salvador. Afligido pienso en mis hijos y en los hijos de otros padres en similar situación que pronto quedarán huérfanos. Pienso en mi familia buscándome inútilmente en los cuarteles del ejército y en los puestos de los cuerpos de seguridad donde los coroneles y los oficiales responderán: aquí no está, aunque en ese mismo momento esté sometido bajo sus órdenes a los más crueles tormentos dentro de las celdas clandestinas. Imagino a mis hermanos, días después, buscando con resignación mi cadáver en las morgues y en los botaderos de basura como hacen a diario las familias de las decenas de personas que desaparecen y son ejecutadas en forma impune en este país. Con el corazón apesadumbrado y lleno de miedo pienso en las represalias y en el acoso del ejército, la policía, la guardia, y los paramilitares, en contra de mi familia por atreverse a buscarme, por preguntar por mí. Quiénes son mis secuestradores, me pregunto después cuando intento serenarme. ¿Qué cuerpo de seguridad pública me lleva secuestrado? ¿Serán miembros de la Guardia Nacional, de la Policía de Hacienda o de la Policía Nacional? ¿Son paramilitares? Si son agentes de la Guardia, ya me jodí: son los más crueles, los más sádicos. Recuerdo cuando presencié hace varios años la captura del dirigente sindical Oscar Gilberto Martínez, en la colonia Zacamil, mientras el general Medrano fungía como director de la Guardia Nacional. Oscar era además mi compañero de trabajo en la oficina de desarrollo físico de la Universidad Nacional. Vi los brazos de su cadáver horriblemente torturado, enrollados sobre sí mismos como toallas exprimidas, a quien el mar devolvió para que en su familia tuvieran un muerto a quien velar y una tumba que enflorar. En esos mismos días, agentes de la benemérita capturaron al obrero Saúl Santiago Contreras, a quién, además de torturarlo en forma salvaje, le cercenaron la mano izquierda de un machetazo como feroz advertencia para quienes vimos su cadáver. En la Guardia Nacional y en la Policía de Hacienda el mayor Roberto d’Aubuisson y el coronel Nicolás Carranza son responsables de miles de torturas y desapariciones forzadas. ¿Y si son de la Policía? Da igual, mi entrañable amiga María Gladis Meardi Araujo fue violada y asesinada en las ergástulas de la Policía Nacional pese a que estaba embarazada, y su cadáver, horriblemente mutilado y con el feto de cinco meses a su lado, fue encontrado en un basurero en uno de los barrios de San Salvador. La Policía Nacional tiene una larga historia de torturas. A finales de los cincuenta, durante la dictadura del coronel José María Lemus, después de torturar y asesinar a reos políticos, los agentes Urías, y Torres Valencia, les desfiguraban el rostro y los tiraban dentro de costales de yute en la chorrera de la presa El Guayabo. En esos años, al igual que ahora, los vecinos del palacio negro, también llamado castillo del terror, escuchaban durante las madrugadas de cada noche los gritos de dolor, angustia, y desesperación, de los inocentes que tenían la desgracia de caer entre sus garras. ¿Por qué no me quedé en México?, me pregunto ¿Por qué? Mi amistad con cuadros de la guerrilla es sumamente conocida. ¿Por qué no me cambié de trabajo? ¿Me habrán tenido bajo vigilancia? ¿Me habrán seguido? Para tener certeza en tu captura primero hacen un amague: un ensayo pensado para investigar tu respuesta sobre si aceptarás la captura como un hecho consumado, si te opondrás, si portas arma. ¿Cuándo pasó eso conmigo? ¿Cómo putas no sospeché del tipo que me pidió que moviera el carro? ¿Por qué no le dije que no podía, si la clase ya iba a comenzar? ¿Por qué salí del edificio? ¿Por qué no corrí hacia cualquier lado en vez de cogerme del bumper del carro, hacia la Calle Arce, la Rubén Darío, o la basílica cercana? ¿Por qué nadie me ayudó? ¡Qué mala pata! ¡Puta! ¡Qué mala pata! ¿Cómo pudo pasarme esto a mí? ¿Cómo no pude preveerlo? Coño, por la gran puta. Coñazo ¿Cómo no me pare a pensarlo?... CUATRO No es la primera vez que visito West Palm Beach. Estuve aquí en mayo de 2000 durante el juicio en contra de los Generales José Guillermo García y Carlos Eugenio Vides Casanova promovido por los familiares de las cuatro monjas estadounidenses: Maura Clark, Dorothy Kazel, Jeane Donovan e Ita Ford, asesinadas y violadas por la Guardia Nacional salvadoreña en diciembre de 1980. En ese juicio, los generales fueron absueltos. El jurado creyó en el argumento de la defensa, quien afirmó que los generales nunca tuvieron el mando efectivo de la tropa; por tanto, no eran responsables de las acusaciones de violación, tortura, y asesinato. Ahora, dos años más tarde, nos toca el turno a nosotros: tres sobrevivientes de un período de horror, de décadas de tortura, y desapariciones forzadas. Y esta vez los tendré a menos de dos metros durante todo el juicio, a diferencia de la anterior cuando solo los vi de lejos. Me gusta el apartamento. Mi dormitorio tiene una ventana que da al patio, y el baño tiene doble acceso: a través de mi dormitorio, y de la sala. Tiene además una especie de terracita donde Marianne Joyce, terapista de Neris, hace sus ejercicios diarios de yoga. -Antes era maratonista- confiesa -pero con el pasar de los años la maratón se vuelve extenuante. Por eso prefiero el yoga; es mucho más gentil y se obtienen, básicamente, los mismos resultados-. En mi caso, prefiero cocinar como terapia. Marianne y yo compartimos siempre recetas de cocina. Ella me observará de lejos. Estará pendiente de mis estados de ánimo. El miércoles 19 de junio a la mañana recojo a Neris y a Juan y partimos hacia la oficina de los abogados, ubicada en el downtown de West Palm Beach. Una vez allí nos explican sobre lo que ocurrió durante el juicio anterior cuando absolvieron a los generales. La estrategia usada por su abogado defensor, Kurt Klaus, se basó en demostrar que no eran responsables del asesinato de las monjas estadounidenses porque no tenían el “control efectivo de la tropa”. La opinión del jurado se decantó definitivamente cuando los acusadores mostraron fotografías de masacres, cuerpos decapitados, manifestaciones, personas heridas, y cuerpos de sujetos asesinados y torturados. -Pero nosotros cambiaremos la estrategia- explica el abogado James K. Green, a quien llamamos Jim Green, líder del equipo legal que nos representará -Demostraremos que los militares tenían control absoluto sobre todo lo que pasaba, y que generaron el caos únicamente para favorecerse. Los acusaremos de ser los responsables de lo que les pasó, basados en la Doctrina Militar de la Responsabilidad en la Cadena de Comando. A grandes rasgos, es el mismo argumento que se usó en los juicios de Nuremberg y de Tokio para castigar los crímenes en contra de civiles durante la Segunda Guerra Mundial. Apoyaremos nuestro argumento en testigos que probarán que los Generales sabían acerca de lo que pasaba. De la tortura. Del secuestro. De la ejecución sumaria. Nos basaremos también en The Torture Victim Protection Act and The Alien Tort Claims Act, leyes estadounidenses que protegen a víctimas de tortura, y que permiten enjuiciar en suelo estadounidense a los responsables de crímenes ocurridos fuera de este país. La segunda ley fue firmada en 1789 por la entonces joven nación para acusar a los piratas que cometían delitos en aguas internacionales y utilizada por primera vez en 1980 en el caso Filártiga versus Peña-Irala, donde un Juez Federal la aceptó como válida para acusar a responsables de crímenes en el extranjero. Luego fue utilizada para acusar a empresas transnacionales relacionadas con daños al medioambiente y al sector social en algunos países donde establecieron sus operaciones. Serán siete los testigos, algunos con restricciones. No pueden escuchar lo que se discute en la Corte ni reunirse con nosotros sino hasta después de exponer su testimonio. Entre ellos se cuentan: el exembajador Robert White, quien trabajó como diplomático en San Salvador desde finales de 1979 hasta marzo de 1981. Roberto Álvarez, quien llegó a San Salvador en noviembre de 1977 como miembro de una delegación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la Organización de Estados Americanos (OEA) para documentar la violación a los derechos humanos y la existencia de cárceles clandestinas en la Guardia Nacional. El padre Paúl Schindler, quien hubo de enterrar cadáveres tirados en la playa cuando trabajó como párroco en el Puerto de La Libertad. Laurent Gilbert, quien formó parte de la Comisión de la Verdad instaurada por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) durante los acuerdos de paz. Michael McClintock, encargado de Amnistía Internacional para coordinar la denuncia de los desaparecidos durante la guerra en El Salvador. Margaret Popkin, quien trabajó a principios de los ochenta para el IDHUCA. El coronel José “Pepe” García, militar argentino, constitucionalista y experto en la Doctrina Militar de la Responsabilidad en la Cadena de Comando. Y, finalmente, la profesora de Ciencias Políticas en la Universidad de Stanford, Terry Karl. Ella será la responsable de demostrar al jurado, a través de minuciosas investigaciones realizadas en El Salvador, que los generales son responsables de nuestra tortura. Contamos, además, con miles de documentos desclasificados de la CIA, del Departamento de Estado y del Pentágono, que no estuvieron disponibles para el primer juicio. -Ustedes tres son, precisamente, la prueba de que la represión y el exterminio fueron planificados. Su testimonio será demoledor- afirma uno de los abogados. -Perdón, Jim, tengo una pregunta- digo -¿Cuántos testigos en su favor tienen los generales? -El exembajador Edwin G. Corr, quien fue clave en favor de los generales en el juicio anterior, será un testigo de descargo. Ninguno de los familiares de los generales ha querido atestiguar. -¿Y de parte del gobierno de los Estados Unidos, nadie viene a apoyarlos?- pregunto de nuevo -Los generales básicamente seguían las órdenes del Pentágono durante la guerra. -Como te repito Carlos, solamente el exembajador Edwin Corr está programado como testigo en favor de los generales. -Mal paga el diablo a quien bien le sirve- reza alguien a mis espaldas. -Kurt Klaus está de acuerdo en que nos refiramos únicamente al período en el que ustedes fueron capturados- dice Jim -Hablaremos sobre lo que pasó entre 1979 y 1983. Del mismo modo hemos decidido no tocar el caso de las monjas. Peter Stern, miembro también de nuestro equipo legal, hace un breve gesto para participar: -El primer paso del juicio comienza mañana jueves por la mañana con la selección del jurado- dice -Con su presencia ustedes demostrarán que están muy interesados en el juicio. Ustedes tres deben ponerle atención a la actitud de los miembros del jurado, sus gestos, y sus intenciones; en qué se interesan más. Por favor, no hagan nada para llamar la atención. No hagan movimientos bruscos o movimientos en exceso. Al sentarse, por favor, dejen a Neris en medio de los dos. CINCO Sé que me asesinarán en las afueras de San Salvador. Sé también que mientras vea las partes altas de los edificios nos hallaremos en la ciudad y que en cuanto vea árboles estaremos en la periferia, lugar donde seguro me matarán. Avanzamos raudos por las calles de San Salvador. Hay muchos retenes, pero nadie nos detiene. Durante los altos en las bocacalles, tirado sobre el piso, escucho el ruido de los carros y de las motocicletas que aceleran entre las voces de los vendedores del periódico vespertino, mercaderías, frutas, y verduras. Me muevo un poco en el pequeño espacio y, por un momento, la venda se corre y puedo ver la espalda sudada de los trabajadores que viajan en la parte trasera de un camión que transporta materiales de construcción. Pero la acción en lugar de confortarme me preocupa, me abruma, y me sofoca. Y entonces me acobarda el miedo. Me mata… Mientras pasan los minutos, diez, quince, veinte, o no sé cuántos, por sobre la aflicción se apodera de mí una profunda preocupación. Surgen de nuevo miles de preguntas. ¿Por qué me han capturado? ¿Qué pasará si no me matan de inmediato? ¿Por qué usaron a tantos hombres para capturarme? ¿Será que creen, quizá, que soy alguien importante en la guerrilla? ¿Sabrán sobre mis viajes al exterior? ¿Quieren información? ¿Qué tipo de información? Yo no trabajo para la guerrilla, ¿qué información puedo dar? Lo más seguro es que me pregunten por miembros de la guerrilla. ¿A cuántos guerrilleros conozco? ¡Puta, por la grandísima puta! conozco a muchos y también algunas de sus actividades. ¿Y si me ponen la capucha? ¿Y si intentan ahogarme? ¿Y si me dan choques eléctricos? ¿Y si me cuelgan? Por la gran puta, ¿qué será de mí? ¿Cuánto tiempo pasará antes de que me quiebren y comience a delatar a quienes creo que son y a quienes no son guerrilleros? ¿A cuántas personas condenaré a muerte con mi delación? ¿Cuántas mujeres quedarán solas y cuántos niños crecerán huérfanos? ¿Qué haré cuando los capturados a causa de mi denuncia me miren a los ojos? ¿Bajaré la vista? ¿Suplicaré que me perdonen? ¿Seré capaz de mantener mi cordura después de que sus miradas de persona desaparecida y vejada me busquen en la oscuridad? Y si capturan a mi familia para que les dé la información que quieren, ¿me convertiré en un doble agente? Dentro de la desesperación y el miedo intento calmarme. Pero es imposible: los pensamientos que vienen y van sólo agravan mi situación. De uno paso a otro, a cual más fatal, más angustioso, más aciago. Las preguntas sin respuesta giran en torno de mí. Nada depende de mí, todo es voluntad de los secuestradores. Abatido pienso sobre qué será de mí. Madre de los Desamparados, qué será de mí. No sé hasta donde aguantaré, no sé hasta dónde. No estoy preparado para aguantar mucho. Para nada. Lo que más me aterroriza es que me pongan la capucha e intenten asfixiarme. De cuando estuve a punto de ahogarme en la playa El Majahual, en el Océano Pacífico, acuno en mi ser el horror a la asfixia. A quedar sin aire, a quedar como pez fuera del agua. Es horrible. Desde un alfaque una corriente marina me haló mar adentro. Nadé aproximadamente quince minutos en contra de la corriente y cuando consideré que había llegado a la orilla intenté pararme, pero la marejada me llevó nuevamente mucho más lejos. Una vez allí, al intentar subirme en una ola para que me sacara, en un movimiento vertical y circular la ola que venía detrás cayó sobre mí y me empujó hacia el fondo con tal fuerza que estrelló mi cara contra el piso del océano. Cuando abrí los ojos había una oscuridad completa. Me puse en cuclillas y con todas mis fuerzas me impulsé buscando la salida. Pero el lugar era profundo. Pasaban los segundos y no alcanzaba la tan ansiada superficie. Se me acaba el aire acumulado en mis pulmones y el reflejo fisiológico me obligaba a aspirar. Un segundo más tarde sentí que una de mis manos estaba fuera del agua y abrí la boca para llenar mis pulmones a punto de reventar. No salí a la orilla de inmediato; batallé aún más, pero cada vez más fuera del centro del remolino. Finalmente, con las piernas temblando y con los brazos más pesados que una piedra alcancé la orilla. De rodillas, completamente exánime, no tuve fuerzas para levantar la cabeza y ver a la cara al hombre que me dijo convencido: te le has escapado a la muerte… Electroshocks, tal vez aguante. Capucha, no. Es horrible. No debo pensar en eso. Ojalá que me maten antes. Intento moverme de nuevo y el hijo de la gran puta restriega de inmediato su bota contra mi cara. Eso despierta en mí una cólera profunda. ¿Cómo es posible que este hijo de la grandísima reputa pueda hacerme ésto? ¿Cómo es posible? ¿Cómo? Si me lleva completamente reducido. Hago un puño con las manos esposadas e intentó desplazar la bota, pero me presiona la garganta con la boquilla de su fusil. Eso me indigna mucho más, me saca de mis casillas. ¡Qu’ijo de puta más mierda! ¡Qu’ijo de la grandísima reputa! ¡Qué bárbaro! ¡Qué cerote! La cólera contenida se desata dentro de mí y me conmina a resistir. Porque a mí este hijo de puta no me vence. A mí nunca me hará hablar. Además, ¿a cuántos salvaré con mi silencio? Eso es, eso es, así es la cosa. Por ese lado va el asunto. Es mi silencio lo que cuenta. Es mi silencio. Es mi reputo y valioso silencio. Para que hable tendrán que torturarme; tendrán que hacerme mierda. De todos modos, con vida no voy a quedar. Estos perros son un mierda; unos malditos cobardes. Sus armas ya no me asustan. ¡Cobardes, hijos de puta! Hijos de la grandísima puta. Que me maten. Me vale verga. Que me maten. En una lucha como esta, un día… una mañana, una tarde, o una noche, alguien se pondrá de parte de quienes exigen justicia. Ojalá que Graciela se mueva hacia otro lado. Ojalá que abandone de inmediato la casa de seguridad donde solemos dormir juntos de vez en cuando. De repente, cuando más encabronado estoy, el panel se detiene. La noche ha caído y todo está completamente oscuro. Sé que es de noche porque veo la claridad de la luz de los faroles a través del espacio ubicado entre mi pómulo y el trapo sucio que han colocado sobre mi cara. Con los ojos nublados de lágrimas a causa de mi rabia y con el alma en un hilo espero a que me saquen fuera del vehículo para ejecutarme. Imagino que me arrastran entre dos y que uno de ellos me suelta el brazo para que el otro ponga su fusil sobre mi nuca y me dispare a bocajarro. Escucho el clic del percutor y el trueno, y luego la nada… sólo el vacío… Abren las puertas y se bajan. Creo que estamos fuera de la ciudad. A través del espacio que hace la venda corrida entre mis ojos puedo ver, dibujada en el ángulo de la ventana, la silueta de la torre de una iglesia. Oigo la grava crujir bajo el peso de sus botas. Cierran las puertas. Me dejan solo. En la lejanía se escuchan los ladridos de un perro que parece estar atado e indefenso en mí misma condición. De repente escucho que se acercan más sujetos. Cuchichean entre sí, en voz completamente baja. Me estremezco de terror, pero me digo que no importa. Oigo unos pasos que se van. Los latidos de mi corazón gimen pausados en mi pecho. Tengo la boca completamente seca. Ahora abrirán la puerta lateral para sacarme, digo. Pero no lo hacen. Únicamente abren la puerta del pasajero y recogen sus armas de los asientos… El alma se me contrae hasta caber en un puño. La muerte acaba de llegar…

"Premonición"

Microficción /suspenso

A medianoche la soñó. Cuando amaneció, había muerto