Ficción Ultrabreve

Gotas de sombra y revelación

Con unas pocas palabras o líneas, Jorge A Hernández R construye pequeñas grietas en la realidad. Sus microrrelatos habitan el espacio donde lo cotidiano se encuentra con lo perturbador, donde la memoria dialoga con el miedo y donde una sola imagen puede contener una historia entera. Con una prosa depurada y una marcada economía expresiva, cada texto busca permanecer en la mente del lector mucho después de haber sido leído.

Microficción /suspenso2025/Maldita ciudad, Jrodherz Editores

"Premonición"

A medianoche la soñó. Cuando amaneció, había muerto

Microficción/suspenso2025/Maldita ciudad, Jodherz Editores

"Hombre de bien"

Cuando pequeño su madre le inculcó que para ser hombre de bien había de trabajar duro. Cuando adolescente, sus mentores le enseñaron como hacerlo. Cuando adulto, sacrificó todo por ello. Y un día, la gloria llegó. Apareció también la muerte y se lo llevó sin nada.

Microficción/suspenso psicológico2025/Maldita ciudad, Jrodherz Editores

"Indulto"

Condenado a pagar con su vida por un delito que nunca cometió, echó mano de sus pingues recursos y pregonó a los cuatro vientos su inocencia. Cuando por fin lo logró, para sorpresa del tirano que lo condenó y de los guardias que lo escoltaban hacia el cadalso, suplicó en Nombre de Dios que lo mataran. No quería, según dijo, vivir con la aprensión de qué, por su culpa, el día de su ejecución el verdugo se había acicalado sin motivo.

Microficción/suspenso psicológico2025/Maldita ciudad, jrodherz editores

"Un día cualquiera"

Kim frenó en el mismo instante en que la luz del semáforo cambió a rojo. Declinaba el mediodía. A esa hora el candente sol hacía arder el pavimento y, a lo lejos, la metralla del invierno se dejaba oír de nuevo. Fijó su rostro en el retrovisor y sonrió. La vida era un circo con diferentes pistas. Al frente, el conductor del vehículo al cual seguía compraba una hora en la húmeda entrepierna de una vendedora de rosas; y al costado, sobre la acera, la pordiosera que una mañana le auguró que tendría la suerte de morir en un día cualquiera intentaba convencer a un transeúnte de sus vaticinios acerca del fin del mundo. Mientras esperaba, infectado por el letargo que le provocaban el calor y la espera por el cambio de luz activó la bomba de agua del parabrisas y de pronto todo comenzó a tornarse borroso. Convencido de que su ceguera era producto del agua sobre el dúplex y del bailoteo de la escobilla se estregó los ojos y esperó a que parara, pero al abrirlos nuevamente y ver aún más borroso dedujo, sin saber cómo, que la causa de que no pudiera ver con claridad la luz del stop del carro que tenía delante estaba dentro de sí. La sentía invadirlo. En el rumor que roía y quemaba sus entrañas, en un ruido como el ronroneo suave del motor al ralentí o el de la máquina del reloj analógico que en el tablero pispileaba las tres con cinco. Asustado por la certidumbre del principio del fin, sin que eso fuera suficiente para controlar el escalofrío que se adueñó de su cuerpo, se peinó con los dedos y volvió a estregarse los ojos, pero esta vez a diferencia de la anterior ya no vio nada, tampoco escuchó nada. Lo único que le hizo saber que aún estaba ahí fue la tranquilidad que corrompía rápidamente las células de su cuerpo hasta convertirlas en una masa putrefacta, y el aleteo de cientos de Somorgujos que invadía sus oídos, primero acercándose para alejarse luego mientras lo dejaban vacío. Para entonces, el vehículo delantero había iniciado la marcha y los conductores que lo seguían, azuzados por los gritos insaciables del hambre de cualquier cosa, lo apremiaban con sus claxon.